Rimbaud

Arthur Rimbaud es un punto de partida, una obra que se une por la raíz a toda experiencia poética del hombre. Ocurre que Rimbaud es ante todo un hombre. Su problema no fue un problema poético, sino el de una ambiciosa realización humana, para la cual el poema, la obra, debían constituir las llaves. Eso lo acerca a los que vemos en la poesía como un desatarse total del ser, como su presentación absoluta, su entelequia. Donde dijo “Car Je est un autre” él no prosiguió un propósito de liberación y sublimación del autre, sino del Je.

No me parece que Rimbaud buscara un absoluto de poesía. Siempre he pensado que su descenso a los infiernos era una tentativa para encontrar la vida que su naturaleza le reclamaba. Se siente con fuerzas para luchar, quiere abrirse un camino a través del infierno, a través de la poesía, y alcanzar por fin la conquista de su propio yo.

¿Por qué no se mató Rimbaud? Es que, en realidad, se mató. Lo que queda de él es una costumbre de vivir, de viajar, un recuerdo corporizado, un retrato vivo. Pero Arthur Rimbaud, poeta, había muerto con sus últimas líneas. No creo que se abriera en esos días un nuevo capítulo en la existencia de Rimbaud, y que un destino todavía más extraordinario le estuviera deparado. El hombre continúa su pasaje, pero es ahora el hombre a la medida de las cosas; no es el hombre Rimbaud que él, desde su bohemia tormentosa, soñó alguna vez.

Precisamente por ello, por haber jugado la poesía como la carta más alta en su lucha contra la realidad ociosa, la obra de Rimbaud nos llega anegada de existencialismo y cobra para nosotros, hombres angustiados que hemos perdido la fe en las retóricas, el tono de un mensaje y de una admonición. La obra de ese muchacho magnífico e infortunado no es un grimorio, sino un pedazo de su piel.

Mallarmé se despeña sobre la Poesía; Rimbaud vuelve a esta existencia. El primero nos deja una Obra; el segundo, la historia de una sangre. Con toda mi devoción al gran poeta, siento que mi ser, en cuanto integral, va hacia Rimbaud con un cariño que es hermandad y nostalgia. Uno puede amar a Góngora, pero es san Juan de la Cruz quien aprieta el pecho y vela la mirada. La poesía es una aventura hacia el infinito; pero sale del hombre y a él debe volver. Del Rimbaud que traficó en Abisinia no nos queda nada merecedor de recuerdo; del adolescente que se desangró sobre los filos de un imposible queda la obra más viva y más honda de la poesía moderna.

Este texto lo escribió Julio Cortázar antes de ser Julio Cortázar, ya que fue firmado por Julio Denis. Armorius lo rescata de su Obra crítica, en Alfaguara o Galaxia Gutemberg, pues los dos lo han publicado y los dos forman parte de su biblioteca. Fue publicado en Buenos Aires en 1941, veintidós años antes de que Oliveira, desde una ventana de la que pende su vida, concluyera que “a lo mejor, la única manera posible de escapar del territorio era metiéndose en él hasta las cachas”.

Carl Einstein

Sería erróneo concebir una teoría de la pintura como una abstracción científica; al contrario, es la expresión de una sensación óptica. La teoría de Picasso o de Matisse denota una absoluta carencia de definiciones técnicas. Su mirada parte de un factor diferente, el de la percepción interna.

Carl Einstein, Comentarios sobre la pintura francesa más reciente (1912). En “El arte como revuelta. Escritos sobre las vanguardias”. Uwe Fleckner (ed.). Lampreave y Millán.

Georges Perec - ¿Acercamientos a qué?

Lo que realmente ocurre, lo que vivimos, lo demás, todo lo demás, ¿dónde está? Lo que ocurre cada día y vuelve cada día, lo trivial, lo cotidiano, lo evidente, lo común, lo ordinario, lo infraordinario, el ruido de fondo, lo habitual, ¿cómo dar cuenta de ello, cómo interrogarlo, cómo describirlo?

Interrogar a lo habitual. Pero si es justamente a lo que estamos habituados. No lo interrogamos, no nos interroga, no plantea problemas, lo vivimos sin pensar en él, como si no vehiculase ni preguntas ni respuestas, como si no fuese portador de información. Esto no es ni siquiera condicionamiento: es anestesia. Dormimos nuestra vida en un letargo sin sueños. Pero nuestra vida, ¿dónde está? ¿Dónde está nuestro cuerpo? ¿Dónde nuestro espacio?

Cómo hablar de esas “cosas comunes”, más bien cómo acorralarlas, cómo hacerlas salir, arrancarlas del caparazón al que permanecen pegadas, cómo darles un sentido, un idioma: que hablen por fin de lo que existe, de lo que somos.

Quizá se trate finalmente de fundar nuestra propia antropología: la que hablará de nosotros, la que buscará en nosotros lo que durante tanto tiempo hemos copiado de los demás. Ya no lo exótico sino lo endótico.

Interrogar a lo que parece ir tan por su cuenta que nos hemos olvidado de su origen. Recuperar algo del asombro que experimentaron Julio Verne o sus lectores frente a un aparato capaz de reproducir y transportar el sonido. Porque existió ese asombro, y otros miles, y fueron ellos los que nos modelaron.

De lo que se trata es de interrogar al ladrillo, al cemento, al vidrio, a nuestros modales en la mesa, a nuestros utensilios, a nuestras herramientas, a nuestras agendas, a nuestros ritmos. Interrogar a lo que parecería habernos dejado de sorprender para siempre. Vivimos, por supuesto, respiramos, por supuesto, caminamos, abrimos puertas, bajamos escaleras, nos sentamos a la mesa para comer, nos acostamos en una cama para dormir. ¿Cómo? ¿Dónde? ¿Cuándo? ¿Por qué?

Describan su calle. Describan otra.

Comparen.

Hagan el inventario de sus bolsillos, de su bolso. Interróguense acerca de la procedencia, el uso y el devenir de cada uno de los objetos que van sacando.

Pregúntenle a sus cucharillas.

¿Qué hay bajo su papel de la pared?

¿Cuántos gestos hacen falta para marcar un número de teléfono? ¿Por qué?

¿Por qué no se encuentran cigarrillos en las tiendas de alimentación? ¿Por qué no?

Me importa poco que estas preguntas sean, aquí, fragmentarias, apenas indicativas de un método, como mucho de un proyecto. Me importa mucho que parezcan triviales e insignificantes: es precisamente lo que las hace tan esenciales o más que muchas otras a través de las cuales tratamos en vano de captar nuestra verdad.

“Approches de quoi?”. Cause commune, nº 5, febrero de 1973. Traducido por Mercedes Cebrián y publicado en Georges Perec, “Lo infraordinario”, Editorial Impedimenta, Madrid, octubre de 2008.

Julián Ríos - Quijote e hijos

Rayuela le quitó el corsé a aquella señora un poco pesada que era nuestra novela y la obligó a hacer ejercicio. Los años no pasan en balde y ahora, cursi e ricorsi, parece que se lleva de nuevo el corsé, el discurso decimonónico que es el canónico para tantos fabricantes emprendedores del siglo XXI.

Por el humor se sabe dónde está el juego y comprobé más de una vez que el lector sin sentido del humor se quedaba enseguida fuera de juego, del hagan juego, en una novela cómica como Rayuela. Por el amor se sabe dónde está el fuego, todos los fuegos encendidos de amadores, que arden en Rayuela desde “esa ligera llama rosa” que podemos alcanzar con la lengua.

Mi test reactivo es Rayuela para tratar de saber con y de quién se trata, y ganar tiempo, porque en seguida el lector de principios echa de menos el final, un final fijo, resulta un libro algo excesivo, ¿no le parece?, momento perfecto para el final del juego y apresurar la despedida.

Me parece que una palabra clave de Rayuela es invención, así en cursiva en la novela, la invención de cada día, al clavar el dardo en el centro de la realidad cotidiana, y transformar cualquier cosa banal en lo nunca visto… La invención de Rayuela es doble: quitarle a lo extraordinario el extra y añadírselo a lo ordinario.

Julián Ríos. Quijote e hijos (Una genealogía literaria). Galaxia Gutemberg – Círculo de Lectores. Barcelona, 2008.

Laurence Sterne - Tristam Shandy

Pero cuanto más nos adentremos en la época en que escribió, más nos convenceremos, al leer Tristam Shandy, de que Sterne fue, en el más amplio sentido de la palabra, precisamente un hombre de su tiempo. Conocedor de todos los movimientos culturales, sociales, religiosos y políticos de su época, supo presentarlos en forma crítica, a veces satírica y burlona, a veces tierna y sentimental, prescindiendo de la hipocresía que, a menudo, veía a su alrededor. Para hacerlo, creó un estilo que difería por completo del camino por el cual avanzaba ya decididamente la novela inglesa. Muchos no lo vieron así hasta pasados muchos años, pero Sterne había abierto una vía nueva a los novelistas del futuro. Sobre todo, había creado una obra capaz de hacer reír a sus contemporáneos.

(...)

Casi todas las partes de la obra tienen relación unas con otras, y, en la lógica del autor, se justifica la estructuración que poseen. El control es absoluto... Existe en la obra un aparente diálogo entre autor y lectores...

(...)

Julio Cortázar conocía Tristam Shandy y lo cita en La vuelta al día en ochenta mundos, proporcionándonos, además, la pista para buscar su posible influencia en otro autor hispanoamericano, José Lezama Lima... Lo que han recogido de Sterne Cortázar y otros autores hispanoamericanos es, sobre todo, la técnica: el autor inglés parece haberles servido de impulso a sus experimentaciones literarias. La nueva narrativa que surgía en Hispanoamérica pudo encontrar en Tristam Shandy algunos elementos que potenciaron un nuevo modo de expresión literaria.

Del prólogo a Tristam Shandy. Cátedra, Letras Universales. Madrid.

Oficio de tinieblas 5

21 no, tú fuiste un espectador muy torpe y ese es tu grave pecado el pecado para el que no puede haber perdón

22 no te fíes de fechas todas son falaces y torturadoras

23 algunos creyeron que la historia empezaba a un toque de silbato o de campana y después se pasaron la vida y llegaron más allá de la muerte

38 de nada te sirve o tan sólo te reconforta muy tenuemente cantar las gloriosas bajas pasiones la seguridad del funcionario y su doméstica previsión de esquina a esquina la comida caliente el lecho tibio la mujer fría y hacendosa

60 no, no, que se esfuercen como nos esforzamos todos tú el primero nadie debe dar ventaja a nadie no te tomes ventaja en la salida haz oídos sordos al toque de silbato del juez de salida

61 no es ahí donde empieza la historia no seas ingenuo ni necio la historia viene desde más atrás nadie sabe con exactitud donde empieza si en adán y eva o en el sembrador de manzanos

80 dios jamás supo que tú creías en él

90 no, ya no quedan islas por descubrir será preciso un nuevo cataclismo para que emerjan dos o tres islas minúsculas en las que guarecer el hambre y la sed de justicia el hambre y la sed de pan y agua el hambre y la sed de libertad

Camilo José Cela, 1973

104

La vida, como un comentario de otra cosa que no alcanzamos, y que está ahí al alcance del salto que no damos.

La vida, un ballet sobre un tema histórico, una historia sobre un hecho vivido, un hecho vivido sobre un hecho real. La vida, fotografía del número, posesión en las tinieblas (¿mujer, monstruo?), la vida, proxeneta de la muerte, espléndida  baraja, tarot de claves olvidadas que unas manos gotosas rebajan a un triste solitario.


Life’s but a walking shadow, a poor player / that struts and frets his hour upon the stage, / and then is heard no more: It is a tale / told by an idiot, full of sound and fury, / signifying nothing.


Ser feliz no es motivo para olvidarlo.

Rayuela, rizoma

Es agradable hablar como todo el mundo y decir el sol sale, cuando todos sabemos que es una manera de hablar. No llegar al punto de ya no decir yo, sino a ese punto en el que ya no tiene ninguna importancia decirlo o no decirlo.

Un libro no tiene objeto ni sujeto, está hecho de materias diversamente formadas, de fechas y de velocidades muy diferentes. Cuando se atribuye el libro a un sujeto, se está descuidando ese trabajo de las materias, y la exterioridad de sus relaciones. Se está fabricando un buen dios para movimientos geológicos. En un libro, como en cualquier otra cosa, hay líneas de articulación o de segmentaridad, estratos, territorialidades; pero también líneas de fuga, movimientos de desterritorialización y de desestratificación. Las velocidades comparadas de flujo según esas líneas generan fenómenos de retraso relativo, de viscosidad, o, al contrario, de precipitación y ruptura. Un libro es una multiplicidad.

No hay ninguna diferencia entre aquello de lo que un libro habla y cómo está hecho. Nunca hay que preguntar qué quiere decir un libro, significado o significante, en un libro no hay nada que comprender, tan sólo hay que preguntarse con qué funciona, en conexión con qué hace pasar o no intensidades, en qué multiplicidades introduce y metamorfosea la suya, con qué cuerpos sin órganos hace converger el suyo.

Lo múltiple hay que hacerlo, pero no añadiendo constantemente una dimensión superior, sino, al contrario, de la forma más simple, a fuerza de sobriedad, al nivel de las dimensiones de que se dispone, siempre n-1 (sólo así, sustrayéndolo, lo Uno forma parte de lo múltiple). Sustraer lo único de la multiplicidad a construir: escribir a n-1. Este tipo de sistema podría denominarse rizoma.

… Construirás frases gramaticalmente correctas, dividirás cada enunciado en sintagma nominal y sintagma verbal (primera dicotomía…). A tales modos lingüísticos no se les reprochará que sean demasiado abstractos, sino al contrario, que no lo sean lo suficiente, que no sean capaces de alcanzar la máquina abstracta que efectúa la conexión de una lengua con contenidos semánticos y pragmáticos de los enunciados, con agenciamientos colectivos de enunciación, con toda una micropolítica del campo social. Un rizoma no cesaría de conectar eslabones semióticos, organizaciones de poder, circunstancias relacionadas con las artes, las ciencias, las luchas sociales.

El libro ideal sería, pues, aquel que lo distribuye todo en ese plan de exterioridad, en una sola página, en una misma playa: acontecimientos vividos, determinaciones históricas, conceptos pensados, individuos, grupos y formaciones sociales… una escritura de este tipo, un encadenamiento interrumpido de afectos, con velocidades variables, precipitaciones y transformaciones, siempre en relación con el afuera. Anillos abiertos. También sus textos se oponen, desde todos los puntos de vista, al libro clásico y romántico.

Frente a los cortes excesivamente significantes que separan las estructuras, un rizoma puede ser roto, interrumpido en cualquier parte, pero siempre recomienza según esta o aquella de sus líneas, y según otras.

Un rizoma no responde a ningún modelo estructural o generativo. Es ajeno a toda idea de eje genético, como también de estructura profunda… la unidad del producto está en otra dimensión, transformacional y subjetiva.

Una de las características fundamentales del rizoma es tener múltiples entradas, incluso se tendrá en cuenta que se puede entrar en él por el camino de los calcos o por la vía de los árboles-raíces…

El pensamiento no es arborescente, el cerebro no es una materia enraizada ni ramificada. La discontinuidad de las células, el papel de los axones, el funcionamiento de las sinapsis, la existencia de microfisuras sinápticas, el salto de cada mensaje por encima de esas fisuras, convierten el cerebro en una multiplicidad inmersa en su plan de consistencia o en su glia, todo un sistema aleatorio de probabilidades, incertain nervous system. Muchas personas tienen un árbol plantado en la cabeza, pero en realidad el cerebro es más una hierba que un árbol. El árbol o la raíz inspiran una triste imagen del pensamiento que no cesa de imitar lo múltiple a partir de una unidad superior, de centro o de segmento. Tanto para los enunciados como para los deseos, lo fundamental no es reducir el inconsciente, ni interpretarlo o hacerlo significar según un árbol. Lo fundamental es producir inconsciente, y con él, nuevos enunciados, otros deseos: el rizoma es precisamente esa producción de inconsciente.

Resulta curioso comprobar cómo el árbol ha dominado no sólo la realidad occidental, sino todo el pensamiento occidental, de la botánica a la biología, pasando por la anatomía, pero también la gnoseología, la teología, la ontología, toda la filosofía…: el principio-raíz, Grund, roots y fundations.

Resumamos los caracteres principales de un rizoma: a diferencia de los árboles o de sus raíces, el rizoma conecta cualquier punto con otro punto cualquiera, cada uno de sus rasgos no remite necesariamente a rasgos de la misma naturaleza; el rizoma pone en juego regímenes de signos muy distintos e incluso estados de no-signos. El rizoma no se deja reducir ni a lo Uno ni a lo Múltiple. No es lo uno que deviene dos, ni tampoco que devendría directamente tres, cuatro o cinco, etc. No es un múltiplo que deriva de lo Uno, o al que lo Uno se añadiría (n+1). No está hecho de unidades, sino de dimensiones, o más bien de direcciones cambiantes. No tiene ni principio ni fin, siempre tiene un medio por el que crece y desborda. Una multiplicidad de este tipo no varía sus dimensiones sin cambiar su propia naturaleza y metamorfosearse. Contrariamente a una estructura, que se define por un conjunto de puntos y de posiciones, de relaciones binarias entre estos puntos y de relaciones biunívocas entre esas posiciones, el rizoma sólo está hecho de líneas: líneas de segmentaridad, de estratificación, como dimensiones, pero también línea de fuga o de desterritorialización como dimensión máxima según la cual, siguiéndola, la multiplicidad se metamorfosea al cambiar de naturaleza. Pero no hay que confundir tales líneas, o lineamientos, con las filiaciones de tipo arborescente, que tan sólo son uniones localizables entre puntos y posiciones. Contrariamente al árbol, el rizoma no es objeto de reproducción. El rizoma es una antigenealogía, una memoria corta o Antimemorias. El rizoma procede por variación, expansión, conquista, captura, inyección. El rizoma está relacionado con un mapa que debe ser producido, construido, siempre desmontable, conectable, alterable, modificable, con múltiples entradas y salidas, con sus líneas de fuga. Contrariamente a los sistemas centrados de comunicación jerárquica y de uniones preestablecidas, el rizoma es un sistema acentrado, no jerárquico y no significante, definido únicamente por una circulación de estados. Lo que está en juego en el rizoma es una relación con la sexualidad, pero también con el animal, con el vegetal, con el mundo, con la política, con el libro, con todo lo natural y lo artificial, muy distinta de la relación arborescente.

Un rizoma está hecho de mesetas: región continua de intensidades, que vibra sobre sí misma, y que se desarrolla evitando cualquier orientación hacia un punto culminante o hacia un fin exterior. Por ejemplo, en la medida en que un libro está compuesto de capítulos, tiene sus puntos culminantes, sus puntos de terminación. ¿Qué ocurre, por el contrario, cuando un libro está compuesto de mesetas que comunican unas con otras a través de microfisuras, como ocurre en el cerebro? Nosotros hemos escrito este libro como un rizoma. Lo hemos compuesto de mesetas. Si le hemos dado una forma circular, sólo era en broma. Hemos tenido experiencias alucinatorias, hemos visto líneas, como columnas de hormiguitas, abandonar una meseta para dirigirse a otra. Hemos trazado círculos de convergencia. Cada meseta puede leerse por cualquier sitio, y ponerse en relación con cualquier otra. Para lograr lo múltiple se necesita un método que efectivamente lo haga; ninguna astucia tipográfica, ninguna habilidad léxica, combinación o creación de palabras, ninguna audacia sintáctica pueden sustituirlo. En efecto, a menudo, todo eso sólo son procedimientos miméticos destinados a diseminar o desmembrar una unidad que se mantiene en otra dimensión para un libro-imagen. Tecnonarcisismo.

Gilles Deleuze y Félix Guattari. Rizoma. 1976.

César Aira opina en la UIMP sobre Julio Cortázar


Hay escritores que se empeñan en demostrarnos que se puede ser un grandísimo escritor y a la vez, cuanto menos, un ser verdaderamente antipático.

Leo las declaraciones de César Aira sobre Julio Cortázar en la UIMP. No me toman por sorpresa, ya conocía su opinión. Ni siquiera en eso es Aira un tipo original, sólo dice lo que ya muchos años antes dijo Juan Benet, probablemente con más imparcialidad y menos saña.

A veces nos creemos con derecho a despotricar en público, a destruir más que a construir, sin darnos cuenta de que es inútil, no aporta nada. Me da pena la gente que tiene que estar continuamente destruyendo para oírse, para sentir que tiene voz.

Pienso que un acto de exquisita coherencia por su parte sería dejar de escribir, para que su ruido no nos distraiga del sonido de su gran maestro.

Me aburre y me resulta sospechoso que César Aira, que según sus propias ideas no sería más que otro segundón argentino, aproveche cualquier púlpito para hablar de Cortázar como si fuera el escritor a abatir, el escritor al que le merece la pena criticar.

En casos como éstos, yo asumo perfectamente que la crítica va más allá (o más acá) de lo literario, y yo, sobre ideas político sociales o frustraciones personales, simplemente no opino. Sigo hablando bien de la gente que me gusta, que me parece más divertido que hablar mal del resto.

Me quedo en el Kindergarden que Cortázar creó para todos; las Grandes Facultades de algunos simplemente me aburren, cuando no me dan asco.

Un resumen de Rayuela

A raiz de los resultados del contador que puse en el blog, me he decidido a escribir este post para los estudiantes que llegan aquí a través de Google buscando un resumen de Rayuela, sea para hacer un trabajo de clase, o por curiosidad lectora. Pero a pesar de mi intención de ayudarles, he de decirles que no sé si lo voy a lograr, puesto que sólo soy un lector y un copista, y porque no haré un resumen al uso. Creo que nada sería más insuficiente y más injusto con la obra y las intenciones de su autor que el típico resumen: “Rayuela cuenta la historia de Oliveira, un argentino que tal y cual…”, y además no pienso que ustedes estén buscando eso.

Y ya que hablamos de buscar, empezaré por decir que Rayuela es la novela de una búsqueda. La búsqueda de un hombre que cree que esta vida es una especie de error, que vamos por mal camino, que en algún momento nos perdimos de la vía que nos haría más fácil la felicidad o la autenticidad. Por esta razón, Rayuela a veces es un libro que nos sobrecoge y nos deja suspendidos en nuestro propio vértigo; una novela existencialista. 

A decir verdad, creo que la catalogamos como novela a falta de un término mejor. Porque Rayuela es una obra que se escribe con la libertad que otorga no estar comprometido con un género literario en particular, con unas reglas estrictas. Por eso es una obra de libertad formal. Es el libro de un hombre en lucha por su libertad.

No es poesía, pero es la obra de un poeta. Hay más poesía en Rayuela que en muchos libros de poesía. Y no estoy hablando del capítulo 7.

De un hombre a quien el lenguaje con que se escribía en su momento le resultaba insuficiente y falso, y que necesitaba contar de una manera distinta a como se hacía entonces. Por esta razón, Rayuela es un libro sobre la literatura, sobre la escritura, sobre el lenguaje y su valor para el ser humano, y dio mayoría de edad y mayor dimensión a una manera nueva de escribir en nuestro idioma.

De un hombre que sabe de la importancia del humor, y sabe que hay poco humor en la vida y en la literatura que se hacía en su tiempo y en su país, y que hay que usar el humor. Por eso Rayuela es muchas veces un libro humorístico, hasta hilarante en ocasiones, que se burla de casi todo, incluido su autor, y en el que no todo debe tomarse en serio –y sobre todo, no con esa seriedad que es otra forma de la rigidez–.

Un hombre que quería que sus lectores participaran en sus libros, que leyeran como un ejercicio voluntario y trabajado en el que el lector completa el sentido de la obra, lejos del papel pasivo que representamos, por ejemplo, ante la televisión o las novelas que nos lo cuentan absolutamente todo. Por esta razón existe Morelli, y Rayuela se lee de esa forma tan peculiar, y para muchos no tiene un desenlace claro.

Un hombre que vivió en dos magníficas ciudades en las que uno puede sentirse pequeño hasta la insignificancia y con los zapatos encharcados, o henchido y con los límites tendidos al infinito. Un libro del exilio, un libro para aquellos que mantienen una difícil relación con su país. A muchos lectores, Cortázar nos ha hecho sentir a París y Buenos Aires como lugares míticos que visitamos o soñamos una y otra vez, siguiendo un itinerario personal que aún no se encuentra en las guías de turismo.

Y en definitiva, porque no puede ser de otra manera, un hombre que ama. Por esta razón, Rayuela es una bellísima e intensa historia de amor. No un amor almibarado y de folletín, sino el amor inútil que es como un puente tendido de un solo lado, y el amor que es un rayo que nos atraviesa; el amor fértil del sexo, y el amor que muere y nos persigue ya siempre, estéril, como el fantasma de un fracaso.

Es un libro que muchos hemos leído una y otra vez y del que aún seguimos aprendiendo. Y es uno de esos libros que ha cambiado la vida de muchas personas. No es fácil resumir un libro así. Cualquier reseña, cualquier mención a su trama, a Horacio, la Maga, Rocamadour, el Club de la Serpiente, de Traveler y Talita, se quedará bien corta porque no es por esas historias que Rayuela es lo que es.

Pero si aún quieren un resumen, un buen resumen y algo más, para hacer un trabajo o para saber si les merece la pena leerla, les recomiendo muy encarecidamente la introducción de Andrés Amorós a la edición de Cátedra.

Si esto les ha servido de algo, me alegraré. Tómenlo y hagan con este texto lo que quieran porque lo he escrito para ustedes, pero cuidado con cómo lo copian; que los profesores también usan Internet.

Matar al padre. Cortázar no está de moda.

(Antes de empezar, reflexiono: ¿He de respaldarme diciendo cuánto admiro y valoro a Agustín y su Nocilla? ¿He de decir antes que nada que sus libros me parecen de entre lo más emocionante, y elijo bien el término, que se está haciendo en España desde hace mucho tiempo?).

“Cortázar no está de moda” me soltaron bruscamente y hace algunos meses, como algo evidente que yo, en mi mundo de cronopios y cosmopistas, no hubiera querido o sabido ver. En su momento me resistí a creerlo, pero ese “su momento” duró poco. Cortázar no está de moda. Es triste pero es cierto.

Fernández Mallo, que en su día impulsó “Casa tomada, revista diletante de arte laxo”, lo introduce repetidamente en su Nocilla Experience, como personaje, en el vídeo promocional, como cara de Bélmez, y relee Rayuela desde una óptica topológica.

Pero dura poco la alegría del cronopio, ya se sabe. En la Feria del Libro de Madrid se le pregunta por las similitudes entre Rayuela y Nocilla Dream, y dice que no las hay. Cuando se le pregunta por la influencia de Cortázar en su obra, contesta con un tímido, fugaz y casi obligado “Claro, claro, ¿dónde no está Cortázar?...” y se pierde en sus “verdaderas” influencias: en Borges (tan lejano que ya no hace daño, pero claro, ¿dónde no está Borges?), en Benet, en la literatura norteamericana, y en otras influencias más modernas, más antiguas, o más discretas. Hay influencias reconocidas, las hay inconscientes, y las hay silenciadas. Hay que negar. Las veces que haga falta. Hay que jugar al despiste porque hay demasiada Rayuela, demasiados “capítulos prescindibles” en Nocilla como para encima andar haciéndole más homenaje al muerto. Ya está bueno lo bueno con haberle dedicado unas referencias. Hablemos de la televisión, de la cultura pop, de lo indie, hablemos de lo que sea, pero no más de Julio, porque es incompatible tener que venderse como un producto original, y andar recordando a la gente todo lo que ya nos dejaron cocinado, sólo para recalentar en el microondas. No queremos ser otro Néstor Sánchez, casi olvidado por continuador, ni queremos que nuestra obra sea otra Crónica de la nada aunque esté hecha a pedazos. No queremos que nos llamen otro Cortázar, ni a nuestra obra otra Rayuelita.

En la misma Feria del Libro, CERLALC edita y pone a disposición de los lectores compradores su Catálogo de Autores y Libros de América Latina. En Colombia está García Márquez, y en Argentina está Borges. Pero no Cortázar.

En esa joya de novela que es La velocidad de las cosas, de Fresán, argentino, bonaerense, no encontré a Cortázar entre la lista de sus reconocidos. He de suponer que no le debe nada. Ni por su búsqueda de la vida como literatura y la literatura como vida, ni por el estilo de su novela. No hay nada en su libro que nos recuerde a Cortázar. Nada. Para eso está ya Bolaño, un paraguas mucho más en boga.

Ahí está también mi admirado, genial y requeteleído César Aira, para negar también al mediocre, al jugador, al político pasado de moda.

Claro que estos últimos ejemplos son Argentina, y ay, amigo, ahí ya topamos con otras razones. Porque en ese país de extraño nacionalismo que es Argentina, un nacionalismo tan de fútbol, derrotista y esquizofrénico como el español, se tardó mucho en decidir si Cortázar era o no merecedor de la albiceleste. Algunos aún no han decidido, porque aún no le han colocado las etiquetas necesarias. Pero no hay código de barras que encierre al Julio. Entérense de una puta vez. No lo hay.

Cortázar no está entre las fuentes “primarias” (ni secundarias) de La luz nueva, el iluminador texto de Vicente Luis Mora (Borges y Cirlot, por ejemplo, sí).

Y Armorius, ¿qué piensa de todo esto? Armorius mira los libros de su biblioteca y piensa que Cortázar es el padre que aún queda por matar, pero es tan difícil superarlo, que se le quiere matar con la ignorancia.

Armorius, aunque es de los que huyen de polémicas y piensan que todo tiene cabida en la Literatura, admira y prefiere a los pocos que han sabido continuar el rumbo marcado por Julio Cortázar, a los que han aprendido la lección que este blog repite en tantas y distintas voces: jugar con la literatura, crear con fragmentos que se nos recomponen en el nivel poético, inconsciente, forjar el lenguaje (se forja a fuego y a golpes), insinuar más que contar, y abandonar de una vez el rollo chino.

Entre estos nombres admirados están Fernández Mallo, Hipólito Navarro, Fernando Iwasaki, Isaac Rosa, Julián Rodríguez, Manuel Vilas, Rodrigo Fresán, Julián Ríos,... autores (y no están todos) que forman mi canon vivo y coetáneo, y que, lo reconozcan o no, beben de esa fuente, directamente o embotellada y con gas.

En esa lista están, por tanto, muchos mutantes, nocilleros, o pangeáticos; algo que quizás pueda cambiar el panorama que acabo de describir, como ya está cambiando gracias a ellos nuestra narrativa y nuestra crítica literaria. Pero hay que empezar por reconocer que no todo es nuevo ni brilla con luz tan nueva, que el narrar fragmentado, el incorporar a la narración cualquier tipo de información externa que nos llega durante la escritura, que escribir y luego ordenar los textos, sean archivos-punto-doc o textos de blogs o papeles en una caja, es algo que ya se hacía incluso mucho antes del mítico 1963 (y pienso, cómo no, en Joyce, Sterne y Cervantes). La literatura se recrea a sí misma, una y otra vez.

Hay otras muchas influencias, por supuesto, hay otros muchos experimentadores y genios a los que tampoco se les reconoce lo suficiente, pero este es un blog de Cortázar.

Él tampoco fue el iniciador de casi nada, eso también ha debido quedar claro ya, la literatura se reinventa en continuo.

Hace muchos años, allá por mi tumultuosa adolescencia, se puso de moda el entonces imaginativo aviso publicitario “SEXO… ahora que he conseguido llamar tu atención, te cuento que…”. Hace menos, uno de nuestros esperpentos musicales puso de moda una canción humorística y menos inocente de lo que quería parecer: “No está de moda… practicar sexo”, quizás como forma de protesta y autoafirmación ante ciertos tópicos. Yo utilizo hoy estos ejemplos sacados del pop para decir:

Sexo, ahora que todos los hispanohablantes escribimos tan bien de sexo, que no hay novelilla de tres al cuarto o brillante experimento literario (y a algunos de los citados me remito) que no incluya diversas prácticas y posturas en audaces descripciones, ahora es hora de repasar el coito anal del Libro de Manuel, el mariconeo brillante y final de Los Premios, el capítulo 68 de Rayuela, tu más profunda piel, los olores y sabores de cama repartidos por toda su obra, magistralmente escrito todo ello cuando esas cosas no se escribían en español sencillamente porque casi nadie las sabía escribir.

Pero desde hace algunos años ya, nadie parece deber nada a Cortázar.

Por suerte, nada es generalizable, y hay voces valientes como Juan Cruz, Félix J. Palma, Hipólito Navarro y Fernando Iwasaki (y de nuevo no están todos, nunca están todos); voces que no temen a las sombras, y las nombran.

Y el mes pasado se publicó el primer álbum para niños con un texto de Julio Cortázar: Discurso del Oso, en Libros del Zorro, que por supuesto les recomiendo a todos. La resistencia avanza. De será gallinas cosmos el, carajo qué.

Nivola

No faltará, a pesar de todo, algún lector materialista, de esos a quienes les falta tiempo material -¡tiempo material!, ¡qué expresión tan reveladora!- para bucear en los más hondos problemas del juego de la vida, que opine que yo debí, con los datos de estas cartas, escribir la novela de Don Sandalio, inventar la resolución del problema misterioso de su vida y hacer así una novela, lo que se llama una novela. Pero yo, que vivo en un tiempo espiritual, me he propuesto escribir la novela de una novela –que es algo así como sombra de una sombra-, no la novela de un novelista, no, sino la novela de una novela, y escribirla para mis lectores, para los lectores que yo me he hecho a la vez que ellos me han hecho a mí. Otra cosa ni me interesa mucho ni les interesa mucho a mis lectores, a los míos. Mis lectores, los míos, no buscan el mundo coherente de las novelas llamadas realistas; mis lectores, los míos, saben que un argumento no es más que un pretexto para una novela, y que queda, ésta, la novela, toda entera, y más pura, más interesante, más novelesca, si se le quita el argumento. Por lo demás, yo ya ni necesito que mis lectores, los míos, me proporcionen argumentos para que yo les dé las novelas, prefiero, y estoy seguro de que ellos han de preferirlo, que les dé yo las novelas y ellos les pongan argumentos. No son mis lectores de los que al ir a oír una ópera o ver una película de cine –sonoro o no- compran antes el argumento para saber a qué atenerse.

Don Miguel de Unamuno
Epílogo a la Novela de Don Sandalio, jugador de ajedrez.
Salamanca, diciembre de 1930.