Capítulo prescindible
Los curiosos y los fieles al lugar habrán observado que, en ese cajón desastre mínimamente organizado que es el margen de todo blog, y que no es una excepción en éste, yo he alojado ese servicio de Google News que tanto bien nos hace pero al que aun le queda tanto por aprender acerca de nuestro querido Julio. Nos da sorpresas con algún que otro buen artículo o actividad, sería tan desagradecido por nuestra parte no reconocerlo…, pero nos confunde con sus extrañas mezclas y caprichos, y cualquier actividad emprendida por los reconocidos abogados y ex ministros Julio Héctor González y Paula Cortázar, con despacho en Asunción, encontrará sin duda su eco puntual en este rincón de la red que, probablemente, nunca visitarán. La fama de nuestro escritor, y todo el espectro de sentimientos que le profesamos sus descendientes ha dado su nombre a tantas calles, plazas, centros culturales y de enseñanza, que no es raro encontrarnos con noticias como la de hoy: “Otro caso de alumno que golpea a la maestra”, título que bien podría formar parte de uno de sus capítulos prescindibles. Textos que desembocan en nuestra página, productos de un azar pobre e informático con su nombre y apellido como únicas reglas del juego. Si lo hubiera querido hacer, no se me habría ocurrido un homenaje mayor, más surrealista y humorístico, a quien tanto debió y reconoció al azar, esos hilos invisibles que nos traen por las lecturas, las gentes y las geografías.
Los hilos que llevan al centro del laberinto
Si la apertura que consigue Rayuela es verdaderamente significativa, es porque se sitúa finalmente, no en el terreno de la experimentación literaria, sino en el campo existencial. En Rayuela se reúnen todos los hilos que llevan al centro del laberinto, al que puede asomarse cada cual a su manera.
Cortázar confiesa haber hecho el descubrimiento bien tardío de que “los órdenes estéticos son más un espejo que un pasaje hacia las aspiraciones metafísicas”.
“El mundo está lleno de falsos felices”, dice. Lo que le interesa es devolver la vida al verbo, hacer que la palabra exprese lo que la palabra misma ha querido callar. “En definitiva –dice– me siento profundamente solo, y creo que está bien. No cuento con el peso de la mera tradición occidental como un pasaporte válido, y estoy culturalmente muy lejos de la tradición oriental, a la que tampoco le tengo ninguna confianza fácilmente compensatoria. La verdad es que cada vez estoy perdiendo más la confianza en mí mismo, y estoy contento. Cada vez escribo peor desde un punto de vista estético. Me alegro, porque quizá me estoy acercando a un punto desde el cual pueda tal vez empezar a escribir como yo creo que hay que hacerlo en nuestro tiempo. En un cierto sentido puede parecer una especie de suicidio, pero vale más un suicida que un zombie. Habrá quien pensará que es absurdo el caso de un escritor que se obstina en eliminar sus instrumentos de trabajo. Pero es que esos instrumentos me parecen falsos. Quiero equiparme de nuevo, partiendo de cero.”
Luis Harss. “Los nuestros”
Cortázar confiesa haber hecho el descubrimiento bien tardío de que “los órdenes estéticos son más un espejo que un pasaje hacia las aspiraciones metafísicas”.
“El mundo está lleno de falsos felices”, dice. Lo que le interesa es devolver la vida al verbo, hacer que la palabra exprese lo que la palabra misma ha querido callar. “En definitiva –dice– me siento profundamente solo, y creo que está bien. No cuento con el peso de la mera tradición occidental como un pasaporte válido, y estoy culturalmente muy lejos de la tradición oriental, a la que tampoco le tengo ninguna confianza fácilmente compensatoria. La verdad es que cada vez estoy perdiendo más la confianza en mí mismo, y estoy contento. Cada vez escribo peor desde un punto de vista estético. Me alegro, porque quizá me estoy acercando a un punto desde el cual pueda tal vez empezar a escribir como yo creo que hay que hacerlo en nuestro tiempo. En un cierto sentido puede parecer una especie de suicidio, pero vale más un suicida que un zombie. Habrá quien pensará que es absurdo el caso de un escritor que se obstina en eliminar sus instrumentos de trabajo. Pero es que esos instrumentos me parecen falsos. Quiero equiparme de nuevo, partiendo de cero.”
Luis Harss. “Los nuestros”
Rayuela alrededor de una mesa (y II)
Mario Muchnik: Sí. ¿Por qué no damos la palabra? Aquí hay mucha gente.
Francisco Porrúa: Sí, que alguien opine.
Nieves Vázquez: Sí, creo que es el momento.
Público: Antes se ha hablado del impacto, bueno de las ventas de un libro en cuanto a la importancia, a la influencia que pueda tener y bueno, se me ha ocurrido una pregunta para el señor Porrúa, el tema de cuál fue el impacto económico, de ventas me refiero, ¿se vendieron muchos ejemplares de golpe, hubo una gran respuesta, la crítica en los periódicos del momento realmente saludó el libro como una obra que obligatoriamente había que ir a al librería a comprar? Me gustaría que comentara ese tipo de aspectos.
Francisco Porrúa: La crítica fue variada y muchas veces poco lúcida, pero de ventas y eso yo recuerdo poco, lo que sé es que fue un libro que se difundió más rápidamente que los otros libros de Julio. Rayuela en seguida se hizo un libro popular, en pocas semanas empezaron a venderse cientos de ejemplares. Pero la crítica fue ambigua, hubo algunos que no entendieron absolutamente nada, es decir, que no entendieron sobre todo el significado profundo de la obra y de qué modo estaba unida la presentación del libro, es decir, ese modo fragmentario, ese modo un poco...
Mario Muchnik: Rayuelesco.
Francisco Porrúa: Rayuelesco del libro. No entendieron que eso correspondía al fondo del libro, no entendían que eso era el libro mismo. Se dijo que era una especie de juego intelectual del autor y cosas similares. Pero de todos modos yo comprobé inmediatamente que Rayuela se abría paso entre los lectores conscientes y que se convertía muy rápidamente en el libro que es ahora, en eso no hubo dilaciones, no fue una obra que tardó mucho en conocerse, no, fue reconocida casi inmediatamente como una obra maestra y singular.
Público: Una de las críticas que ha recibido Rayuela siempre ha sido la aparente pedantería del autor. Lo que me gustaría que explicaran es qué sentido tiene en la novela tantos datos culturales que a veces parece que te alejan un poco de la novela. Si no tienes una guía que te lo vaya explicando hay muchísimas cosas que te pierdes o que no puedes entender. ¿Qué significado tienen tantos datos?
Francisco Porrúa: Ése es el libro, además es un libro argentino, es un libro cosmopolita.
Mario Muchnik: Como dice Abel Posse en el artículo del que os leí alguna cosa esta mañana, que lo llama un “Ulises para teenagers”. ¿Qué te parece?
Francisco Porrúa: No está mal, no está mal.
Mario Muchnik: Pero, efectivamente, y en serio, hay una pregunta honestamente hecha y yo creo que algo se debería de decir, ¿cómo es que Cortázar tiene en esta novela tanta necesidad de hacer referencias culturales?
Francisco Porrúa: Es simplemente porque él vive esas referencias culturales. Últimamente he leído algo parecido con respecto a las obras de este escritor español, Vila Matas, que abundan en referencias culturales. Pero eso es él, eso es el libro, el libro es la vida qué el tiene, que está llena de referencias, y evidentemente Julio era un hombre muy culto, muy interesado en todas las artes, sabía mucho de música, de pintura y, naturalmente, eso aparece en los libros de él. En algunos casos, como en Los premios, es notable que los pobres ciudadanos de Buenos Aires que suben a ese barco empiecen a discutir de Schoenberg y de Mallarmé, pero es el mundo de Julio.
Mario Muchnik: Pero si es lo típico, es lo típico, si ahí se lo reconoce como tal.
Jean Andreu: Es muy porteño.
Francisco Porrúa: Porteño.
Mario Muchnik: Sí. No sé si está satisfecho nuestro amigo, pero es que el mundo que se presenta en Rayuela es ése.
Francisco Porrúa: Sí, totalmente de acuerdo.
Jean Andreu: Además pienso que en esta especie de dispersión cultural, porque Rayuela es eso también, las referencias tienen que ver también con escapar a ciertos nacionalismos culturales, es decir que en Rayuela se reúnen toda clase de referencias, incluso toda clase de idiomas. Esto puede ser un indicio interesante, como apertura, no diré tanto como apertura mundial, pero como una gran apertura cultural para el lector. Bueno, es cierto que cuando uno lee Rayuela, yo recuerdo muy bien que hay una pequeña cantidad de referencias que no conocía para nada, que cita Julio Cortázar y que yo no sabía ni qué era, esta gente, estos libros... Bueno, uno se informa...
Mario Muchnik: Bueno, pero uno se informa si uno tiene una especie de Sherlock Holmes. Lo que pasa es que si uno lee un clásico también se va encontrar con cosas que, claro, están los profesionales que tienen que resolver, frase a frase, palabra a palabra, todos los problemas que plantea un clásico, pero un lector puede también usar su intuición y si no tiene el acceso directo a una referencia o, digamos, no tiene la solución de ese enigma que se plantea, pequeño enigma de vez en cuando, tampoco es grave. Se puede leer Rayuela perfectamente sin tener la cultura de Julio Cortázar, faltaría más, entonces nadie leería.
Francisco Porrúa: Pero mirá yo diría que esto es una característica de la Argentina, de Argentina y de los países latinoamericanos en general, son esos países que, como todos los países latinoamericanos, tienen cien, doscientos años de vida, doscientos años de cultura y naturalmente esa cultura es escasa y naturalmente la escasez de la cultura hace que se incorpore la cultura universal. Es decir, el lector argentino medio que yo recuerdo es un lector que conoce todas las literaturas, que lee literatura italiana, literatura inglesa, rusa, francesa, norteamericana, casi siempre en sus idiomas originales, y eso es la consecuencia de la necesidad de tener que inventarse un pasado cultural. Ese pasado cultural es un pasado universal. Y entonces naturalmente en Rayuela aparecen todas las culturas, incluso la cultura oriental y eso es realmente la cabeza de un porteño inteligente, evidentemente es así.
Mario Muchnik: Y no es sólo en Rayuela, te lo vas a encontrar en muchas otras obras y en particular en Julio, te lo vas a encontrar, como hablamos esta mañana, en El examen, donde hay una serie de referencias culturales, como decíamos “la hoja en la tormenta” ¿qué es la hoja en la tormenta?
Nieves Vázquez: Yo creo que también la incorporación de todos esos elementos culturales sirven a una idea, yo creo que Julio Cortázar huye de ese lector que está queriendo saber cómo acaba la historia, queriendo seguir una acción simplemente al modo tradicional, decimonónico, que encontró a la Maga, que si se relaciona con la Maga, que si esto o lo otro, cómo es el final de esa historia, huye de esa forma tradicional fácil e incorpora todos los elementos que hacen sorprender al lector, distorsionar ese discurso tradicional, fragmentando el discurso e incorporando elementos que entorpecen esa lectura fácil. Yo creo que huir de la acción por la acción que estaba ya en los relatos e incorporar otros elementos que se alejan de la acción hacia lo que es el individuo, explica también las referencias culturales, como un mecanismo de experimentación, no solamente porque los argentinos son así, sino que era una voluntad de romper el discurso del cuento donde uno lo que busca es que las cosas ocurran y cómo termina la historia de amor.
Mario Muchnik: Efectivamente.
Público: Quería retomar lo que han dicho antes sobre la vigencia o no, la actualidad de Rayuela más allá de todo lo que han dicho del éxito de ventas. El profesor Andreu ha dicho que la consideraba como una novela profética en un sentido, era como una intuición, yo, humildemente le digo que me apego a ese comentario, que le doy la razón y quería añadir algo para lo cual usted que desde luego tiene una experiencia de lectura, o cualquiera de los otros dos señores desde el plano de la edición, mucho más prolongada que la mía. Pero a mí me parece que sí, que es una novela profética y que podemos encontrar ya ciertos ejemplos. En el documental que se ha proyectado de Cortázar de “A fondo”, él decía que no la consideraba una antinovela, como la crítica la llamaba, sí que iba contra la idea tradicional o de su propia actualidad de la novela, es decir, cambiar el concepto de novela desde el momento en que trataba de cambiar la actitud del lector, provocar una implicación mucho más fuerte. Bien, estamos en el año sesenta y tres, cuarenta y un años después nos encontramos con la proliferación de micro-relatos, la micro-ficción (se está llenado todo de congresos sobre el tema), y hay un tipo de novelas muy extensas, que ahora citaré, que a mí me plantean el problema de si se trata de grandes novelas fragmentadas, de las cuales perdemos el sentido, o si se trata, visto a la inversa, de la proliferación de micro-relatos, y todo eso yo creo que parte de Rayuela. Ese tipo de concepción la encontramos por ejemplo en La velocidad de las cosas de Rodrigo Fresán, argentino, en cierta parte de la literatura de Vila Matas, en el último Bolaño, quizá, y en todos los escritores de micro-ficción, empezando por jóvenes como Andrés Newman, hispano-argentino que escribe desde Granada. No sé si saben que Seix-Barral está tratando de levantar a un grupo de escritores sudamericanos del rango del los treinta y poco a los cuarenta y pocos años, que une también a varios escritores del continente, Volpi, Fresán, Gonzalo Garcés, cuyo mentor sería Bolaño). Y para mí, en cuanto a la vigencia, más allá del tratamiento de la fragmentación, como en el contenido de las grandes cuestiones del hombre, también esa fragmentación como definitoria de la forma de la novela actual. Estoy hablando de novelas, por ejemplo, en el caso de La velocidad de las cosas, que son también quinientas páginas, y que nos dejan siempre con la misma sensación de algo no terminado, es una narración prolongada, pero no lineal, todo lo contrario, que deja esa especie de ebriedad serena, o de satisfacción, de saber que hay algo ahí, pero que no se nos muestra del todo. Y que supongo que habría que remitirnos a uno de los maestros tanto de Cortázar como de todos los posteriores, que es Borges, cuando decía aquello de que el arte es la inminencia de una revelación que no se produce. Yo creo encontrar reflejos claros, al menos en cuanto a la forma, en este tipo de novelas, de lo que puedo estar yo familiarizado con la última novela hispanoamericana de finales del siglo XX. Y en cuanto a la proliferación de datos, que es un signo de la posmodernidad, pero no sólo las referencias culturales, sino la mezcla también de géneros, que en principio al lector de ahora le desconcierta, porque no podemos abarcarlo todo, pero supongo que también será significativo cuando dentro de unos años, y haya más perspectiva, disciplinas como la Historia de la Cultura vengan a estas obras y puedan utilizar todos estos datos para interpretar lo que ha sido este fin de siglo. Porque si convenimos con la idea de que todos los fines de siglo se parecen, o al menos, los dos últimos, supongo que una de las cuestiones será en cuanto a la dificultad que nos plantean estas novelas, y esto es una pregunta que les lanzo: esta dificultad buscada, deliberada, que quizá ni el propio autor pueda resolver en algunos de los caminos que abre, ¿no se parece en algo a esa actitud exclusivista y de exigencia de perfección al lector que había en el modernismo del fin de siglo anterior como una forma de afirmación?
Mario Muchnik: Yo creo que no. Yo creo que Julio no puso nada que no fuera deliberado.
Francisco Porrúa: Sí, sí, ante todo.
Mario Muchnik: Eso es evidente. Ahora, no puso nada por imitación, es decir, él no tenía un precedente, estos chicos sí tienen un precedente, y si ponen cosas deliberadamente, es deliberadamente imitatoriamente.
Público: No pregunto por los detalles que incluye sino por la actitud que provoca la inclusión de esos detalles.
Mario Muchnik: Pero yo creo que en Julio hay este aspecto que decíamos hace un momento de juego, a vida o muerte, pero juego, la actitud juguetona de Julio. Yo creo que cuando Julio cita a Kierkegaard es juguetón, hay una ironía en Julio, no es una simple referencia cultural, porque entonces sería ilegible Rayuela, todo Julio sería ilegible. Es decir, la gracia de Julio está en que él no pretende que tú sepas en virtud de qué cita a fulanito o menganito, eso déjalo para los eruditos, porque seguramente hay una razón. Ahora, yo debo confesarte que no he leído a Fresán, más que algún artículo, no he leído a Bolaño, ni siquiera un artículo, es decir, conozco muy mal esa generación de los treintañeros como dices tú, que indudablemente supongo que tiene interés porque la gente habla, lee, compra, etc., pero, así como tú lo planteas, me da la impresión de que estás diciendo que si hay una relación entre esto y el trabajo que hizo Julio Cortázar en esa misma dirección, de referentes culturales, o a lo mejor no entendí bien la pregunta.
Público: En cuanto a la forma, me refiero, Rayuela tiene una forma única dentro del boom, pero que ahora se está multiplicando.
Mario Muchnik: Sí es posible, yo creo que Cortázar hasta ahora, en todo caso, no había hecho escuela. Yo creo que Julio no hizo escuela.
Francisco Porrúa: Bueno, hay una cosa común entre todos estos nuevos escritores, hay algo en común, pero que no viene de Cortázar, viene de la naturaleza misma de las lenguas latinoamericanas del Sur, que es la oralidad, la tendencia a una prosa conversada, una prosa natural, que es un poco ajena a la tradición española, que ha preferido casi siempre cierto barroquismo, la profusa combinación de adjetivos y adverbios. Yo lo que veo de común entre Fresán y Bolaño, estos escritores que acaban de citarse, es eso, es la visión latinoamericana del lenguaje, que es una visión no de tipo libresco, sino que nace de la conversación y de la experiencia cotidiana. Eso tiene relación con Julio porque Julio también tenía esa prosa, es una prosa musical y que al mismo tiempo parece conversada, pero nada más, no creo que haya absolutamente ninguna relación de influencia.
Mario Muchnik: Pero él se refería a la cosa formal, esto de la fragmentación en micro-relatos concretamente, o sea, la construcción de una novela de quinientas páginas mediante la suma de una cantidad de micro-relatos, a lo mejor cada uno de una página y si eso le debe algo a Julio.
Francisco Porrúa: Sí, es posible en ese sentido.
Mario Muchnik: Es posible, pero no me atrevería a afirmarlo.
Nieves Vázquez: Pero sí podríamos recordar que la forma de micro-relato y la abundacia del micro-relato actual, muchas veces se olvida que el micro-relato está en Historias de cronopios y de famas.
Mario Muchnik: Historia de cronopios y de famas, ése es tu coto privado de caza.
Francisco Porrúa: De cronopios y de famas, de famas, Julio insistía mucho en esa preposición segunda, porque si no es otra cosa, Historia de cronopios y famas equivaldría a decir que hay cierta convivencia entre cronopios y famas.
Nieves Vázquez: Alguna otra pregunta.
Público: Sobre la vigencia de Rayuela y sobre la cantidad de información, a mí me parece que sigue vigente, de una actualidad y de una realidad pasmosa; y sobre la cantidad de información, es de una persona rica en cultura, rica en vida y que en algún momento tiene que echarlo fuera. Es una contranovela, que va contra la novela tradicional porque la novela tradicional te cuenta algo de una manera mucho más sencilla; los personajes están hablando y te describe luego algo, pero en esta obra es lo que nos está pasando constantemente, o sea, yo estoy hablando ahora y al mismo tiempo os estoy viendo a vosotros y al mismo tiempo puedo escuchar un teléfono, pero es que además estoy viendo allí la foto de Julio Cortázar, al mismo tiempo puedo oír una música y a lo mejor cae un trozo de periódico por aquí, un papel, y yo lo leo; o sea, lo que está expresando es la cantidad de observación de que una persona es capaz y al mismo tiempo las cosas que le van ocurriendo. Julio Cortázar creo que ha sido la única persona capaz de decidirse a contar las cosas, con la cultura que poseía, de la manera en que se están viviendo.
Público: Yo quería hacer una pregunta tanto a la mesa como a cualquiera de los aquí presentes referentes al comienzo de la novela. Hay dos citas que no acabo de comprender muy bien qué función pueden tener dentro de la estructura de la novela. Después del Tablero de Dirección hay un pequeño texto que dice “Escrita en toscano por el abad Martini, con las citas al pie: Traducida al castellano por un clérigo seglar de la congregación de San Cayetano de esta corte“. En fin, y sigue. Y a continuación otra de un tal César Bruto, lo que me gustaría ser a mí si no fuera lo que soy (capítulo: Perro de San Bernaldo). A lo mejor esto que estoy preguntando es una tontería, pero yo he leído dos veces el libro, varios estudios sobre la obra y no acabo de ver qué función tienen estos textos en la obra. Y también una pequeña reflexión que, a pesar de todos los que estamos aquí creo que nos está costando un poco entrar en Rayuela, está resultando un poco impermeable la obra y no sé por qué, supongo que porque será que, como dice Cortázar, en el documental que hemos visto de “A fondo”, citando un verso de Lorca, de Poeta en Nueva York: “Soy como un pulso herido que ronda las cosas del otro lado”, y quizá nosotros estamos demasiado ubicados en este lado y por eso nos cuesta tanto trabajo hablar de esta obra.
Mario Muchnik: César Bruto, ¿tú sabes quién es Cesar Bruto? Famoso pensador porteño, tenía una columna que se llamaba “miO pinióN”, claro, miO con la o mayúscula, claro. Julio sacó mucho de César Bruto porque cuando él de pronto quiere realzar irónicamente un concepto le pone la mayúscula al final o le agrega una hache en algún lugar para reírse. César Bruto era un personaje muy importante en la cultura porteña de aquellos años, iba acompañado de un dibujante muchas veces que se llamaba Oski y que era la versión porteña de Saul Steinberg, en mi opinión, en miO pinióN. La otra cita no la recuerdo ahora, yo no recordaba esa cita, a ver si Paco nos puede aclarar algo, la de César Bruto, sí.
Público: Lo que yo quería decir, siguiendo en la línea del último que ha intervenido, sobre el posible temor de que no estamos entrando en donde queremos entrar, que es en la propia novela, a lo mejor es que hablando como estamos hablando de citas pedantes o de dificultad deliberada, etc., quizás con eso le estamos haciendo un flaco favor a la obra en sí. Yo, como lector aficionado, no especialista, no lingüista ni profesor de lengua ni nada, si yo quisiera convencer a otra persona para que leyera el libro le diría que es un libro que en realidad nos habla de cosas sencillas, de lo que le apasiona a una persona determinada que en este caso sería el protagonista de la obra, el tal Horacio. Y dos cuestiones concretas. La cuestión de las citas, que se cree que pueden ser pedantes, etc., yo pienso que no es así, porque de lo que se trata es de la vida cotidiana de los personajes del libro, que de pronto diga que tiene el bidé lleno de discos porque no le caben más en la casa o que vienen de escuchar un cuarteto de Haydn, porque no solamente hay jazz en el libro, también hay muchas otras cosas, es que eso es el pan de cada día de los personajes. Yo estoy un poco harto de que, no sólo en Rayuela, sino en cualquier otro libro o película, cada vez que se hacen referencias culturales siempre, o se toman por el lado pedante o se toman como diciendo: “¡Uy!, yo esto no lo sé, voy a coger la enciclopedia o yo esto no lo voy a entender”. No, creo que por parte de Cortázar nunca hubo la intención, como ya habéis dicho por la cuestión de la humildad y demás, de mostrarse como alguien de mucha cultura, sino todo lo contrario; él tenía una serie de cosas que le gustaban y quería mostrarla a los demás, y tanto es así que pienso que nunca un libro con tantas referencias culturales ha sido menos erudito, porque Rayuela no es un libro de erudición, sino es un libro de mucho contenido cultural. Pero así como otras personas dedican su tiempo libre a hacer otras cosas que podéis imaginar, pues él se dedicaba a leer y a escuchar música. Eso por un lado, es la primera parte de la intervención mía, y la segunda, en relación con la dificultad deliberada, yo pienso que Rayuela está lleno de frases sencillas que, o bien las hemos dicho todos alguna vez, o bien, como es un libro tan vigente en verdad, pues son frases que están metidas en todos nosotros, y me gustaría citar dos o tres. Por ejemplo, ese paraguas del que dice: “Pensando que un paraguas encontrado en una plaza debía morir dignamente en un parque”, es de una sencillez melancólica muy adolescente, ahí no hay segundo mensaje, o cuando dice: “Andábamos sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos”, ahí hay un romanticismo incluso ingenuo. Quizá por ese camino podríamos entrar un poco en el libro, porque yo no quisiera irme de aquí con la sensación de no haber aprendido nada, yo quisiera que esto se pareciera a una charla de amigos, a los que les gusta en este caso un libro, donde cada uno expresa su impresión o emoción al leerlo y quizá por ese camino podríamos llegar a hablar del libro realmente porque hasta ahora, estoy de acuerdo contigo, en que del libro no hemos hablado, hemos hablado de la génesis, de las circunstancias que lo rodearon, de las posibles influencias literarias posteriores, bueno éste es quizá mi estado de ánimo ante lo que estamos hablando. Gracias.
Nieves Vázquez: ¿Quién quiere hablar del libro? Bueno, yo creo que del libro se ha hablado, pero también creo que nos estáis pidiendo -bueno no a mí, porque yo no soy teóricamente la que interviene-, pero estáis exigiendo respuestas y no preguntas. Es que yo creo que Rayuela es un gran pregunta sin respuesta. Podríamos hablar de los temas del libro. Francisco Porrúa resumió lo que para él significaba el libro que era el tablón en el vacío existencial. Si queréis podemos seguir dándole vueltas al ovillo, la mesa ha resultado así, pero en vuestras manos está también que sigamos hablando de más cosas del libro. Pero es esa búsqueda, es esa necesidad de respuestas que yo creo que Julio Cortázar no podía dar y yo creo que es eso, es esa imposibilidad de responder. Queremos una explicación racionalista, positivista, queremos apartados, el tema A, el lado de allá, el tema B, el lado de acá, el lado de allá, las morellianas, el kibbutz del deseo, bueno esto ha sido así.
Público (Armorius): Vamos a ver, contestando desde la posición también de un lector que además no soy filólogo y puedo dar una opinión muy alejada de lo que es un estudio erudito y demás, pero muy sensible, y contestando a la pregunta que se ha hecho sobre esas dos primeras citas. Yo en primer lugar creo que Rayuela es un texto muy irónico, muy cómico, si no nos damos cuenta de que hay muchísima ironía, muchísima broma, muchísimo humor, nos estamos perdiendo más de la mitad. Hay muchas citas en Rayuela a las que creo que no hay que buscarles más explicación que ese puñetazo que nos dan en la cara y esa sorpresa que nos produce, y quizá esas dos primeras citas ya nos ponen un poco en guardia de lo que nos vamos a encontrar. Luego, con respecto al tema de si Rayuela sigue vigente, para mí por supuesto que sigue vigente, pero sigue vigente por dos cosas: una se ha dicho ya aquí, y es porque Rayuela abre una puerta que luego nadie se atreve a continuar, quizás por su perfección, es decir Rayuela es un ramalazo de luz y yo muchas veces me he planteado como lector cómo después de Rayuela se puede seguir escribiendo verdaderos bodrios y cosas que parecen hechas con máquinas de churros. Por qué algunos escritores no tienen la decencia o la humildad de reconocer que hay puertas abiertas que son puertas cerradas, donde uno si no tiene una talla como escritor no debería de intentar entrar, y ganarse la vida de otra manera. En ese sentido Rayuela está vigente, pero pienso que Rayuela también está vigente porque Rayuela es un libro sensible y trata de problemas del hombre y como tal se ha convertido en un clásico muy pronto y un clásico para gente que ha sufrido una búsqueda en su vida. ¿Por qué Rayuela tiene esa cantidad de citas? Porque refleja un tipo de vida, refleja a unos personajes, refleja a unos personajes que se buscan en toda esa cultura; pero cuidado, también las tiene por contraste. Es decir, fijaros que los personajes felices de Rayuela no son esos personajes supuestamente recreados por esa cultura, por ese conocimiento. Hay una parte preciosa en la que la Maga, que no se entera de nada, Oliveira reconoce: Mira, esta mujer no se entera de nada, siempre está al margen, hay que explicárselo todo, pero es la que ve la hoja seca, es la que ve el detalle feliz. Y ella le dice a Oliveira: Tú siempre estás mirándolo todo desde fuera, no te das cuenta de que esto es un cuadro del que todos formamos parte y tú no te quieres ver dentro de ese cuadro, andás ahí con tus historias, con tus parafernalias, párate, bájate al mundo y vive y sé feliz en esta vida, que es lo que tenemos. Yo creo que ese contraste no se puede crear si no es con la vitalidad de unos personajes, con la sencillez de unos personajes y con esa carga de citas, de intelectualidad de otros personajes, que buscan su felicidad sin encontrarla. Para mí Rayuela es, y sé que no voy a ser original, porque tomo el nombre de prestado, un verdadero cuaderno de bitácora de personas que necesitan una búsqueda permanente y que tienen que luchar por no enredarse entre hilos de colores y al final salen de ese laberinto.
Mario Muchnik: Querría acotar, después de esta intervención brillante, que es un coloquio totalmente cortazariano, en donde aquí hay una serie de eruditos que estamos todos diciendo cosas, hay un público que dice que no aprende nada y resulta que las lecciones vienen del público, o sea que yo me inclino ante un público tan brillante.
Francisco Porrúa: Yo creo que el público podría venir aquí y nosotros a escuchar, ¿por qué no?
Mario Muchnik: Una gran mesa redonda.
Francisco Porrúa: Con cuatro oyentes.
Mario Muchnik: Aurora quiere decir algo.
Aurora Bernárdez: Me ha gustado mucho lo que acaba de decir este chico, no sé si es el mismo que me habló hace unas horas. No sé. Bueno, un chico se acercó a mí y empezó por decirme: “Yo he pasado momentos muy malos hace un tiempo, conflictos muy graves en mi vida -un muchacho muy joven, veinte años o veintidós, qué sé yo, pero eso no quita que haya pasado por serios momentos- y leí Rayuela y me hizo muchísimo bien, quiero saber si Cortázar era como Oliveira”. Le contesté: “Oliveira es un personaje y por lo tanto la parte de imaginación es grande; en todo caso, Julio no terminó en una habitación rodeado de piolines sin saber cómo salir”. “¿Y qué es lo que quiere decir eso?”. “Que tiene que seguir buscando”. Ésa, creo, es la lección de Rayuela, una incitación a seguir buscando porque, como se ha dicho, no hay respuesta y la vida es eso, buscar respuestas para lo que no las tiene, por ahora al menos. La cultura, la erudición no son lo esencial, aunque sin esa cultura, sin esa erudición Rayuela no se hubiera escrito, ¿no les parece?
Francisco Porrúa: Sí, que alguien opine.
Nieves Vázquez: Sí, creo que es el momento.
Público: Antes se ha hablado del impacto, bueno de las ventas de un libro en cuanto a la importancia, a la influencia que pueda tener y bueno, se me ha ocurrido una pregunta para el señor Porrúa, el tema de cuál fue el impacto económico, de ventas me refiero, ¿se vendieron muchos ejemplares de golpe, hubo una gran respuesta, la crítica en los periódicos del momento realmente saludó el libro como una obra que obligatoriamente había que ir a al librería a comprar? Me gustaría que comentara ese tipo de aspectos.
Francisco Porrúa: La crítica fue variada y muchas veces poco lúcida, pero de ventas y eso yo recuerdo poco, lo que sé es que fue un libro que se difundió más rápidamente que los otros libros de Julio. Rayuela en seguida se hizo un libro popular, en pocas semanas empezaron a venderse cientos de ejemplares. Pero la crítica fue ambigua, hubo algunos que no entendieron absolutamente nada, es decir, que no entendieron sobre todo el significado profundo de la obra y de qué modo estaba unida la presentación del libro, es decir, ese modo fragmentario, ese modo un poco...
Mario Muchnik: Rayuelesco.
Francisco Porrúa: Rayuelesco del libro. No entendieron que eso correspondía al fondo del libro, no entendían que eso era el libro mismo. Se dijo que era una especie de juego intelectual del autor y cosas similares. Pero de todos modos yo comprobé inmediatamente que Rayuela se abría paso entre los lectores conscientes y que se convertía muy rápidamente en el libro que es ahora, en eso no hubo dilaciones, no fue una obra que tardó mucho en conocerse, no, fue reconocida casi inmediatamente como una obra maestra y singular.
Público: Una de las críticas que ha recibido Rayuela siempre ha sido la aparente pedantería del autor. Lo que me gustaría que explicaran es qué sentido tiene en la novela tantos datos culturales que a veces parece que te alejan un poco de la novela. Si no tienes una guía que te lo vaya explicando hay muchísimas cosas que te pierdes o que no puedes entender. ¿Qué significado tienen tantos datos?
Francisco Porrúa: Ése es el libro, además es un libro argentino, es un libro cosmopolita.
Mario Muchnik: Como dice Abel Posse en el artículo del que os leí alguna cosa esta mañana, que lo llama un “Ulises para teenagers”. ¿Qué te parece?
Francisco Porrúa: No está mal, no está mal.
Mario Muchnik: Pero, efectivamente, y en serio, hay una pregunta honestamente hecha y yo creo que algo se debería de decir, ¿cómo es que Cortázar tiene en esta novela tanta necesidad de hacer referencias culturales?
Francisco Porrúa: Es simplemente porque él vive esas referencias culturales. Últimamente he leído algo parecido con respecto a las obras de este escritor español, Vila Matas, que abundan en referencias culturales. Pero eso es él, eso es el libro, el libro es la vida qué el tiene, que está llena de referencias, y evidentemente Julio era un hombre muy culto, muy interesado en todas las artes, sabía mucho de música, de pintura y, naturalmente, eso aparece en los libros de él. En algunos casos, como en Los premios, es notable que los pobres ciudadanos de Buenos Aires que suben a ese barco empiecen a discutir de Schoenberg y de Mallarmé, pero es el mundo de Julio.
Mario Muchnik: Pero si es lo típico, es lo típico, si ahí se lo reconoce como tal.
Jean Andreu: Es muy porteño.
Francisco Porrúa: Porteño.
Mario Muchnik: Sí. No sé si está satisfecho nuestro amigo, pero es que el mundo que se presenta en Rayuela es ése.
Francisco Porrúa: Sí, totalmente de acuerdo.
Jean Andreu: Además pienso que en esta especie de dispersión cultural, porque Rayuela es eso también, las referencias tienen que ver también con escapar a ciertos nacionalismos culturales, es decir que en Rayuela se reúnen toda clase de referencias, incluso toda clase de idiomas. Esto puede ser un indicio interesante, como apertura, no diré tanto como apertura mundial, pero como una gran apertura cultural para el lector. Bueno, es cierto que cuando uno lee Rayuela, yo recuerdo muy bien que hay una pequeña cantidad de referencias que no conocía para nada, que cita Julio Cortázar y que yo no sabía ni qué era, esta gente, estos libros... Bueno, uno se informa...
Mario Muchnik: Bueno, pero uno se informa si uno tiene una especie de Sherlock Holmes. Lo que pasa es que si uno lee un clásico también se va encontrar con cosas que, claro, están los profesionales que tienen que resolver, frase a frase, palabra a palabra, todos los problemas que plantea un clásico, pero un lector puede también usar su intuición y si no tiene el acceso directo a una referencia o, digamos, no tiene la solución de ese enigma que se plantea, pequeño enigma de vez en cuando, tampoco es grave. Se puede leer Rayuela perfectamente sin tener la cultura de Julio Cortázar, faltaría más, entonces nadie leería.
Francisco Porrúa: Pero mirá yo diría que esto es una característica de la Argentina, de Argentina y de los países latinoamericanos en general, son esos países que, como todos los países latinoamericanos, tienen cien, doscientos años de vida, doscientos años de cultura y naturalmente esa cultura es escasa y naturalmente la escasez de la cultura hace que se incorpore la cultura universal. Es decir, el lector argentino medio que yo recuerdo es un lector que conoce todas las literaturas, que lee literatura italiana, literatura inglesa, rusa, francesa, norteamericana, casi siempre en sus idiomas originales, y eso es la consecuencia de la necesidad de tener que inventarse un pasado cultural. Ese pasado cultural es un pasado universal. Y entonces naturalmente en Rayuela aparecen todas las culturas, incluso la cultura oriental y eso es realmente la cabeza de un porteño inteligente, evidentemente es así.
Mario Muchnik: Y no es sólo en Rayuela, te lo vas a encontrar en muchas otras obras y en particular en Julio, te lo vas a encontrar, como hablamos esta mañana, en El examen, donde hay una serie de referencias culturales, como decíamos “la hoja en la tormenta” ¿qué es la hoja en la tormenta?
Nieves Vázquez: Yo creo que también la incorporación de todos esos elementos culturales sirven a una idea, yo creo que Julio Cortázar huye de ese lector que está queriendo saber cómo acaba la historia, queriendo seguir una acción simplemente al modo tradicional, decimonónico, que encontró a la Maga, que si se relaciona con la Maga, que si esto o lo otro, cómo es el final de esa historia, huye de esa forma tradicional fácil e incorpora todos los elementos que hacen sorprender al lector, distorsionar ese discurso tradicional, fragmentando el discurso e incorporando elementos que entorpecen esa lectura fácil. Yo creo que huir de la acción por la acción que estaba ya en los relatos e incorporar otros elementos que se alejan de la acción hacia lo que es el individuo, explica también las referencias culturales, como un mecanismo de experimentación, no solamente porque los argentinos son así, sino que era una voluntad de romper el discurso del cuento donde uno lo que busca es que las cosas ocurran y cómo termina la historia de amor.
Mario Muchnik: Efectivamente.
Público: Quería retomar lo que han dicho antes sobre la vigencia o no, la actualidad de Rayuela más allá de todo lo que han dicho del éxito de ventas. El profesor Andreu ha dicho que la consideraba como una novela profética en un sentido, era como una intuición, yo, humildemente le digo que me apego a ese comentario, que le doy la razón y quería añadir algo para lo cual usted que desde luego tiene una experiencia de lectura, o cualquiera de los otros dos señores desde el plano de la edición, mucho más prolongada que la mía. Pero a mí me parece que sí, que es una novela profética y que podemos encontrar ya ciertos ejemplos. En el documental que se ha proyectado de Cortázar de “A fondo”, él decía que no la consideraba una antinovela, como la crítica la llamaba, sí que iba contra la idea tradicional o de su propia actualidad de la novela, es decir, cambiar el concepto de novela desde el momento en que trataba de cambiar la actitud del lector, provocar una implicación mucho más fuerte. Bien, estamos en el año sesenta y tres, cuarenta y un años después nos encontramos con la proliferación de micro-relatos, la micro-ficción (se está llenado todo de congresos sobre el tema), y hay un tipo de novelas muy extensas, que ahora citaré, que a mí me plantean el problema de si se trata de grandes novelas fragmentadas, de las cuales perdemos el sentido, o si se trata, visto a la inversa, de la proliferación de micro-relatos, y todo eso yo creo que parte de Rayuela. Ese tipo de concepción la encontramos por ejemplo en La velocidad de las cosas de Rodrigo Fresán, argentino, en cierta parte de la literatura de Vila Matas, en el último Bolaño, quizá, y en todos los escritores de micro-ficción, empezando por jóvenes como Andrés Newman, hispano-argentino que escribe desde Granada. No sé si saben que Seix-Barral está tratando de levantar a un grupo de escritores sudamericanos del rango del los treinta y poco a los cuarenta y pocos años, que une también a varios escritores del continente, Volpi, Fresán, Gonzalo Garcés, cuyo mentor sería Bolaño). Y para mí, en cuanto a la vigencia, más allá del tratamiento de la fragmentación, como en el contenido de las grandes cuestiones del hombre, también esa fragmentación como definitoria de la forma de la novela actual. Estoy hablando de novelas, por ejemplo, en el caso de La velocidad de las cosas, que son también quinientas páginas, y que nos dejan siempre con la misma sensación de algo no terminado, es una narración prolongada, pero no lineal, todo lo contrario, que deja esa especie de ebriedad serena, o de satisfacción, de saber que hay algo ahí, pero que no se nos muestra del todo. Y que supongo que habría que remitirnos a uno de los maestros tanto de Cortázar como de todos los posteriores, que es Borges, cuando decía aquello de que el arte es la inminencia de una revelación que no se produce. Yo creo encontrar reflejos claros, al menos en cuanto a la forma, en este tipo de novelas, de lo que puedo estar yo familiarizado con la última novela hispanoamericana de finales del siglo XX. Y en cuanto a la proliferación de datos, que es un signo de la posmodernidad, pero no sólo las referencias culturales, sino la mezcla también de géneros, que en principio al lector de ahora le desconcierta, porque no podemos abarcarlo todo, pero supongo que también será significativo cuando dentro de unos años, y haya más perspectiva, disciplinas como la Historia de la Cultura vengan a estas obras y puedan utilizar todos estos datos para interpretar lo que ha sido este fin de siglo. Porque si convenimos con la idea de que todos los fines de siglo se parecen, o al menos, los dos últimos, supongo que una de las cuestiones será en cuanto a la dificultad que nos plantean estas novelas, y esto es una pregunta que les lanzo: esta dificultad buscada, deliberada, que quizá ni el propio autor pueda resolver en algunos de los caminos que abre, ¿no se parece en algo a esa actitud exclusivista y de exigencia de perfección al lector que había en el modernismo del fin de siglo anterior como una forma de afirmación?
Mario Muchnik: Yo creo que no. Yo creo que Julio no puso nada que no fuera deliberado.
Francisco Porrúa: Sí, sí, ante todo.
Mario Muchnik: Eso es evidente. Ahora, no puso nada por imitación, es decir, él no tenía un precedente, estos chicos sí tienen un precedente, y si ponen cosas deliberadamente, es deliberadamente imitatoriamente.
Público: No pregunto por los detalles que incluye sino por la actitud que provoca la inclusión de esos detalles.
Mario Muchnik: Pero yo creo que en Julio hay este aspecto que decíamos hace un momento de juego, a vida o muerte, pero juego, la actitud juguetona de Julio. Yo creo que cuando Julio cita a Kierkegaard es juguetón, hay una ironía en Julio, no es una simple referencia cultural, porque entonces sería ilegible Rayuela, todo Julio sería ilegible. Es decir, la gracia de Julio está en que él no pretende que tú sepas en virtud de qué cita a fulanito o menganito, eso déjalo para los eruditos, porque seguramente hay una razón. Ahora, yo debo confesarte que no he leído a Fresán, más que algún artículo, no he leído a Bolaño, ni siquiera un artículo, es decir, conozco muy mal esa generación de los treintañeros como dices tú, que indudablemente supongo que tiene interés porque la gente habla, lee, compra, etc., pero, así como tú lo planteas, me da la impresión de que estás diciendo que si hay una relación entre esto y el trabajo que hizo Julio Cortázar en esa misma dirección, de referentes culturales, o a lo mejor no entendí bien la pregunta.
Público: En cuanto a la forma, me refiero, Rayuela tiene una forma única dentro del boom, pero que ahora se está multiplicando.
Mario Muchnik: Sí es posible, yo creo que Cortázar hasta ahora, en todo caso, no había hecho escuela. Yo creo que Julio no hizo escuela.
Francisco Porrúa: Bueno, hay una cosa común entre todos estos nuevos escritores, hay algo en común, pero que no viene de Cortázar, viene de la naturaleza misma de las lenguas latinoamericanas del Sur, que es la oralidad, la tendencia a una prosa conversada, una prosa natural, que es un poco ajena a la tradición española, que ha preferido casi siempre cierto barroquismo, la profusa combinación de adjetivos y adverbios. Yo lo que veo de común entre Fresán y Bolaño, estos escritores que acaban de citarse, es eso, es la visión latinoamericana del lenguaje, que es una visión no de tipo libresco, sino que nace de la conversación y de la experiencia cotidiana. Eso tiene relación con Julio porque Julio también tenía esa prosa, es una prosa musical y que al mismo tiempo parece conversada, pero nada más, no creo que haya absolutamente ninguna relación de influencia.
Mario Muchnik: Pero él se refería a la cosa formal, esto de la fragmentación en micro-relatos concretamente, o sea, la construcción de una novela de quinientas páginas mediante la suma de una cantidad de micro-relatos, a lo mejor cada uno de una página y si eso le debe algo a Julio.
Francisco Porrúa: Sí, es posible en ese sentido.
Mario Muchnik: Es posible, pero no me atrevería a afirmarlo.
Nieves Vázquez: Pero sí podríamos recordar que la forma de micro-relato y la abundacia del micro-relato actual, muchas veces se olvida que el micro-relato está en Historias de cronopios y de famas.
Mario Muchnik: Historia de cronopios y de famas, ése es tu coto privado de caza.
Francisco Porrúa: De cronopios y de famas, de famas, Julio insistía mucho en esa preposición segunda, porque si no es otra cosa, Historia de cronopios y famas equivaldría a decir que hay cierta convivencia entre cronopios y famas.
Nieves Vázquez: Alguna otra pregunta.
Público: Sobre la vigencia de Rayuela y sobre la cantidad de información, a mí me parece que sigue vigente, de una actualidad y de una realidad pasmosa; y sobre la cantidad de información, es de una persona rica en cultura, rica en vida y que en algún momento tiene que echarlo fuera. Es una contranovela, que va contra la novela tradicional porque la novela tradicional te cuenta algo de una manera mucho más sencilla; los personajes están hablando y te describe luego algo, pero en esta obra es lo que nos está pasando constantemente, o sea, yo estoy hablando ahora y al mismo tiempo os estoy viendo a vosotros y al mismo tiempo puedo escuchar un teléfono, pero es que además estoy viendo allí la foto de Julio Cortázar, al mismo tiempo puedo oír una música y a lo mejor cae un trozo de periódico por aquí, un papel, y yo lo leo; o sea, lo que está expresando es la cantidad de observación de que una persona es capaz y al mismo tiempo las cosas que le van ocurriendo. Julio Cortázar creo que ha sido la única persona capaz de decidirse a contar las cosas, con la cultura que poseía, de la manera en que se están viviendo.
Público: Yo quería hacer una pregunta tanto a la mesa como a cualquiera de los aquí presentes referentes al comienzo de la novela. Hay dos citas que no acabo de comprender muy bien qué función pueden tener dentro de la estructura de la novela. Después del Tablero de Dirección hay un pequeño texto que dice “Escrita en toscano por el abad Martini, con las citas al pie: Traducida al castellano por un clérigo seglar de la congregación de San Cayetano de esta corte“. En fin, y sigue. Y a continuación otra de un tal César Bruto, lo que me gustaría ser a mí si no fuera lo que soy (capítulo: Perro de San Bernaldo). A lo mejor esto que estoy preguntando es una tontería, pero yo he leído dos veces el libro, varios estudios sobre la obra y no acabo de ver qué función tienen estos textos en la obra. Y también una pequeña reflexión que, a pesar de todos los que estamos aquí creo que nos está costando un poco entrar en Rayuela, está resultando un poco impermeable la obra y no sé por qué, supongo que porque será que, como dice Cortázar, en el documental que hemos visto de “A fondo”, citando un verso de Lorca, de Poeta en Nueva York: “Soy como un pulso herido que ronda las cosas del otro lado”, y quizá nosotros estamos demasiado ubicados en este lado y por eso nos cuesta tanto trabajo hablar de esta obra.
Mario Muchnik: César Bruto, ¿tú sabes quién es Cesar Bruto? Famoso pensador porteño, tenía una columna que se llamaba “miO pinióN”, claro, miO con la o mayúscula, claro. Julio sacó mucho de César Bruto porque cuando él de pronto quiere realzar irónicamente un concepto le pone la mayúscula al final o le agrega una hache en algún lugar para reírse. César Bruto era un personaje muy importante en la cultura porteña de aquellos años, iba acompañado de un dibujante muchas veces que se llamaba Oski y que era la versión porteña de Saul Steinberg, en mi opinión, en miO pinióN. La otra cita no la recuerdo ahora, yo no recordaba esa cita, a ver si Paco nos puede aclarar algo, la de César Bruto, sí.
Público: Lo que yo quería decir, siguiendo en la línea del último que ha intervenido, sobre el posible temor de que no estamos entrando en donde queremos entrar, que es en la propia novela, a lo mejor es que hablando como estamos hablando de citas pedantes o de dificultad deliberada, etc., quizás con eso le estamos haciendo un flaco favor a la obra en sí. Yo, como lector aficionado, no especialista, no lingüista ni profesor de lengua ni nada, si yo quisiera convencer a otra persona para que leyera el libro le diría que es un libro que en realidad nos habla de cosas sencillas, de lo que le apasiona a una persona determinada que en este caso sería el protagonista de la obra, el tal Horacio. Y dos cuestiones concretas. La cuestión de las citas, que se cree que pueden ser pedantes, etc., yo pienso que no es así, porque de lo que se trata es de la vida cotidiana de los personajes del libro, que de pronto diga que tiene el bidé lleno de discos porque no le caben más en la casa o que vienen de escuchar un cuarteto de Haydn, porque no solamente hay jazz en el libro, también hay muchas otras cosas, es que eso es el pan de cada día de los personajes. Yo estoy un poco harto de que, no sólo en Rayuela, sino en cualquier otro libro o película, cada vez que se hacen referencias culturales siempre, o se toman por el lado pedante o se toman como diciendo: “¡Uy!, yo esto no lo sé, voy a coger la enciclopedia o yo esto no lo voy a entender”. No, creo que por parte de Cortázar nunca hubo la intención, como ya habéis dicho por la cuestión de la humildad y demás, de mostrarse como alguien de mucha cultura, sino todo lo contrario; él tenía una serie de cosas que le gustaban y quería mostrarla a los demás, y tanto es así que pienso que nunca un libro con tantas referencias culturales ha sido menos erudito, porque Rayuela no es un libro de erudición, sino es un libro de mucho contenido cultural. Pero así como otras personas dedican su tiempo libre a hacer otras cosas que podéis imaginar, pues él se dedicaba a leer y a escuchar música. Eso por un lado, es la primera parte de la intervención mía, y la segunda, en relación con la dificultad deliberada, yo pienso que Rayuela está lleno de frases sencillas que, o bien las hemos dicho todos alguna vez, o bien, como es un libro tan vigente en verdad, pues son frases que están metidas en todos nosotros, y me gustaría citar dos o tres. Por ejemplo, ese paraguas del que dice: “Pensando que un paraguas encontrado en una plaza debía morir dignamente en un parque”, es de una sencillez melancólica muy adolescente, ahí no hay segundo mensaje, o cuando dice: “Andábamos sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos”, ahí hay un romanticismo incluso ingenuo. Quizá por ese camino podríamos entrar un poco en el libro, porque yo no quisiera irme de aquí con la sensación de no haber aprendido nada, yo quisiera que esto se pareciera a una charla de amigos, a los que les gusta en este caso un libro, donde cada uno expresa su impresión o emoción al leerlo y quizá por ese camino podríamos llegar a hablar del libro realmente porque hasta ahora, estoy de acuerdo contigo, en que del libro no hemos hablado, hemos hablado de la génesis, de las circunstancias que lo rodearon, de las posibles influencias literarias posteriores, bueno éste es quizá mi estado de ánimo ante lo que estamos hablando. Gracias.
Nieves Vázquez: ¿Quién quiere hablar del libro? Bueno, yo creo que del libro se ha hablado, pero también creo que nos estáis pidiendo -bueno no a mí, porque yo no soy teóricamente la que interviene-, pero estáis exigiendo respuestas y no preguntas. Es que yo creo que Rayuela es un gran pregunta sin respuesta. Podríamos hablar de los temas del libro. Francisco Porrúa resumió lo que para él significaba el libro que era el tablón en el vacío existencial. Si queréis podemos seguir dándole vueltas al ovillo, la mesa ha resultado así, pero en vuestras manos está también que sigamos hablando de más cosas del libro. Pero es esa búsqueda, es esa necesidad de respuestas que yo creo que Julio Cortázar no podía dar y yo creo que es eso, es esa imposibilidad de responder. Queremos una explicación racionalista, positivista, queremos apartados, el tema A, el lado de allá, el tema B, el lado de acá, el lado de allá, las morellianas, el kibbutz del deseo, bueno esto ha sido así.
Público (Armorius): Vamos a ver, contestando desde la posición también de un lector que además no soy filólogo y puedo dar una opinión muy alejada de lo que es un estudio erudito y demás, pero muy sensible, y contestando a la pregunta que se ha hecho sobre esas dos primeras citas. Yo en primer lugar creo que Rayuela es un texto muy irónico, muy cómico, si no nos damos cuenta de que hay muchísima ironía, muchísima broma, muchísimo humor, nos estamos perdiendo más de la mitad. Hay muchas citas en Rayuela a las que creo que no hay que buscarles más explicación que ese puñetazo que nos dan en la cara y esa sorpresa que nos produce, y quizá esas dos primeras citas ya nos ponen un poco en guardia de lo que nos vamos a encontrar. Luego, con respecto al tema de si Rayuela sigue vigente, para mí por supuesto que sigue vigente, pero sigue vigente por dos cosas: una se ha dicho ya aquí, y es porque Rayuela abre una puerta que luego nadie se atreve a continuar, quizás por su perfección, es decir Rayuela es un ramalazo de luz y yo muchas veces me he planteado como lector cómo después de Rayuela se puede seguir escribiendo verdaderos bodrios y cosas que parecen hechas con máquinas de churros. Por qué algunos escritores no tienen la decencia o la humildad de reconocer que hay puertas abiertas que son puertas cerradas, donde uno si no tiene una talla como escritor no debería de intentar entrar, y ganarse la vida de otra manera. En ese sentido Rayuela está vigente, pero pienso que Rayuela también está vigente porque Rayuela es un libro sensible y trata de problemas del hombre y como tal se ha convertido en un clásico muy pronto y un clásico para gente que ha sufrido una búsqueda en su vida. ¿Por qué Rayuela tiene esa cantidad de citas? Porque refleja un tipo de vida, refleja a unos personajes, refleja a unos personajes que se buscan en toda esa cultura; pero cuidado, también las tiene por contraste. Es decir, fijaros que los personajes felices de Rayuela no son esos personajes supuestamente recreados por esa cultura, por ese conocimiento. Hay una parte preciosa en la que la Maga, que no se entera de nada, Oliveira reconoce: Mira, esta mujer no se entera de nada, siempre está al margen, hay que explicárselo todo, pero es la que ve la hoja seca, es la que ve el detalle feliz. Y ella le dice a Oliveira: Tú siempre estás mirándolo todo desde fuera, no te das cuenta de que esto es un cuadro del que todos formamos parte y tú no te quieres ver dentro de ese cuadro, andás ahí con tus historias, con tus parafernalias, párate, bájate al mundo y vive y sé feliz en esta vida, que es lo que tenemos. Yo creo que ese contraste no se puede crear si no es con la vitalidad de unos personajes, con la sencillez de unos personajes y con esa carga de citas, de intelectualidad de otros personajes, que buscan su felicidad sin encontrarla. Para mí Rayuela es, y sé que no voy a ser original, porque tomo el nombre de prestado, un verdadero cuaderno de bitácora de personas que necesitan una búsqueda permanente y que tienen que luchar por no enredarse entre hilos de colores y al final salen de ese laberinto.
Mario Muchnik: Querría acotar, después de esta intervención brillante, que es un coloquio totalmente cortazariano, en donde aquí hay una serie de eruditos que estamos todos diciendo cosas, hay un público que dice que no aprende nada y resulta que las lecciones vienen del público, o sea que yo me inclino ante un público tan brillante.
Francisco Porrúa: Yo creo que el público podría venir aquí y nosotros a escuchar, ¿por qué no?
Mario Muchnik: Una gran mesa redonda.
Francisco Porrúa: Con cuatro oyentes.
Mario Muchnik: Aurora quiere decir algo.
Aurora Bernárdez: Me ha gustado mucho lo que acaba de decir este chico, no sé si es el mismo que me habló hace unas horas. No sé. Bueno, un chico se acercó a mí y empezó por decirme: “Yo he pasado momentos muy malos hace un tiempo, conflictos muy graves en mi vida -un muchacho muy joven, veinte años o veintidós, qué sé yo, pero eso no quita que haya pasado por serios momentos- y leí Rayuela y me hizo muchísimo bien, quiero saber si Cortázar era como Oliveira”. Le contesté: “Oliveira es un personaje y por lo tanto la parte de imaginación es grande; en todo caso, Julio no terminó en una habitación rodeado de piolines sin saber cómo salir”. “¿Y qué es lo que quiere decir eso?”. “Que tiene que seguir buscando”. Ésa, creo, es la lección de Rayuela, una incitación a seguir buscando porque, como se ha dicho, no hay respuesta y la vida es eso, buscar respuestas para lo que no las tiene, por ahora al menos. La cultura, la erudición no son lo esencial, aunque sin esa cultura, sin esa erudición Rayuela no se hubiera escrito, ¿no les parece?
De "Volver a Cortázar". Libro que recoge las actas del Congreso "20 años sin Julio Cortázar", celebrado en la Universidad de Cádiz en marzo del año 2004. Coordinado por Nieves Vázquez y editado por el Servicio de Publicaciones de la Diputación de Cádiz. Cádiz, 2007.
El Zen en Rayuela
El objeto del Zen es devolvernos nuestro rostro original, nuestra inocencia. Sin embargo, para hacerlo, emplea procedimientos asombrosos. No vacila ante ningún método: la risa, el absurdo, la provocación, la brutalidad, y también la ternura, la compasión, lo maravilloso, la poesía, el silencio… Y a ello añade el misterio. A menudo, estamos “a punto” de comprender, ya vamos a “comprender”, y nos desconcierta, no lo captamos. En todas las formas del arte zen subsiste la parte insólita. El Zen privilegia la nota incierta, la línea quebrada, el dibujo asimétrico. Y es que una forma perfecta está cerrada, muerta. La definición clara asesina. El Zen ofrece siempre una salida por donde se deslizará la intuición, por donde nacerá la posible chispa.
Henri Brunel. Los más bellos cuentos Zen, seguido de El arte de los haikus. José J. de Olañeta, Editor. Palma de Mallorca, 2007.
Henri Brunel. Los más bellos cuentos Zen, seguido de El arte de los haikus. José J. de Olañeta, Editor. Palma de Mallorca, 2007.
Rayuela alrededor de una mesa (I)
Mario Muchnik: Yo tenía que moderar esta mesa, pero resulta que ahora formo parte de la mesa, me tengo que automoderar y eso jamás, sobre mi cadáver. Yo no sé qué decir sobre Rayuela que no se ha haya dicho ya, yo no sé qué decir sobre Rayuela. Rayuela fue el segundo libro de Cortázar que leí, lo dije esta mañana, el primero fue Los premios y el segundo fue Rayuela, luego, me metí con los cuentos, pero como editor debo decir que le tengo una gran envidia a Paco, no me siento lo bastante seguro de mí como editor como para afirmar que si a mí me hubiera llegado Los premios o Rayuela yo me hubiera arriesgado a editarlos. Y, claro, esta visión de un gran editor…, como a editar no se aprende, yo no sé cómo se hace uno editor, francamente, no tengo idea, pero nos reconocemos, en todo caso yo reconozco, y reconozco a un gran editor, y un poco como que me siento inhibido, no sé qué más decir, francamente, te paso la palabra, Paco.
Francisco Porrúa: Bueno, un poco como decís vos, es difícil hablar de Rayuela, porque es ante todo un libro que nos conmovió y las especulaciones de tipo intelectual quizá estén un poco de más. Pero yo quisiera hablar sobre mi primera experiencia de lector, de lector y editor de Rayuela. Es decir el libro llega a mis manos después de Los premios. Ya Julio me está anunciando que va a ser una obra insólita, que sobre todo sorprenderá a los editores, como fue cierto, por otra parte. Y bien, recuerdo la tarde en que terminé la lectura de Rayuela. Me quedé un poco o bastante desasosegado, bastante inquieto por lo que había leído. Mi primera reacción fue decirle a Julio, tengo ganas de tirarte el libro a la cabeza. Él me contestó que eso era lo que esperaba de mí y yo también comprendí mi reacción: un movimiento que era evidentemente una metáfora, una imagen de lo que me había ocurrido como lector. Sentí que Julio había lanzado un proyectil a la cabeza de los lectores, había intentado romper la cabeza de los lectores, el orden común, y darles una visión nueva. Y entonces, reconocí en mi actitud una reciprocidad. De algún modo yo quería mostrarle que había entendido el fundamento de Rayuela.
Y de ahí, con los años, empecé a pensar en el significado exacto de mi reacción, es decir, si tenía algún significado, quizá de tipo histórico, de tipo cultural, y me descubrí especulando sobre la presencia de la nada en la filosofía contemporánea. No quiero hablar de las posibles influencias filosóficas sobre Julio, que eso no nos interesa, pero sí de qué modo Rayuela parece recoger el pensamiento de esa época, que en Francia abarca todos los cincuenta y termina seguramente en el sesenta y ocho, y que es una época no de incertidumbre, es una época de búsqueda, de iniciación, de darse cuenta de que en la vida hay siempre un hueco, un carencia, una ausencia, algo que falta. Yo recuerdo siempre del libro como capítulo fundamental el episodio del tablón, donde Horacio está suspendido sobre el vacío en un tablón, esa imagen de estar suspendido sobre el vacío o estar suspendido sobre la nada, estar suspendido sobre la nada porque las convenciones, los valores, costumbres, ya no son el fundamento del mundo. Esa presencia de la nada, ese hueco, ese patio de Buenos Aires en el que Horacio puede desaparecer, me parece que está presente en toda la obra, me parece que es una corriente que anima todo el libro o que sostiene todo el libro desde un principio hasta el final. Desde fuera, mirado con un criterio un poco más histórico, es el mundo de Kierkegaard, es el mundo en que Kierkegaard dice a Hegel: “Hegel conoce todos los problemas menos el suyo”; es el mundo del existencialismo francés, donde la nada es omnipresente, o subyacente, no sólo en la obra de Sartre y Camus, también en la obra de Blanchot, en la obra de Cioran, en la obra de Bataille. Y esa presencia de la nada hace que la conducta se constituya de un modo completamente diferente, y el enorme talento literario de Julio muestra cómo de un modo sencillo, de un modo cotidiano, cuál es el problema fundamental de nuestra época. En ese sentido creo que es un libro completamente actual, es un libro que nos dice que la autenticidad, la actitud auténtica ante la vida, no es de ningún modo buscar en la historia los ejemplos más esplendentes o más repetidos, sino que es una creación continua, una creación que se repite en circunstancias muchas veces contingentes. La presencia de lo contigente es muy grande en Rayuela, es muy poderosa, los personajes parecen encontrarse siempre en situaciones donde lo contingente es lo inevitable. Aunque hay personajes como Morelli, que parecen ser la voz de la filosofía, el milagro de Julio es haber convertido esa idea de la precariedad de la existencia o de la precariedad de los valores o las numerosas dudas que podemos tener sobre la naturaleza humana, en materia novelesca, en materia novelesca suelta, espontánea, de algún modo reveladora o siempre reveladora, no como exposición teórica, sino como ejemplo de vida cotidiana, y eso, creo, es lo que influyó, eso es en parte seguramente lo que trastornó a muchos lectores.
No hace mucho tiempo leí en la Revista de Occidente la confesión de un escritor mejicano. Cuando leyó Rayuela, decía este escritor, su visión, la visión que él tenía de sus propias emociones, de cómo se vivían las emociones en este mundo, cambió radicalmente, fue desde entonces una visión mucho más espontánea, mucho más natural, se terminaron los hábitos y las ceremonias y apareció otra cosa, apareció la vida misma, la vida entera. Y yo creo que decir eso de un libro es simplemente algo prodigioso, una visión semejante se puede quizás alcanzar con un gran poema, o en una larga meditación solitaria, pero Julio nos dio eso, la vida desnuda, la vida auténtica, nos la dio de pronto, de golpe y de repente en unas páginas inolvidables que todavía tienen la vigencia de entonces. Porque evidentemente los problemas de la llamada naturaleza humana, los problemas del hombre y la mujer actuales son los problemas de Rayuela, y a lo que nos invita Julio es a una actitud de mucho coraje, una actitud de olvidar lo hecho, olvidar lo construido anteriormente, olvidar la propia autoridad para encontrar una vida de algún modo verdadera, de algún modo plena. ¿Contestás a eso? [a Muchnik]
Mario Muchnik: ¿Yo, contestar a eso...?
Francisco Porrúa: ¿Para eso estamos, no?
Mario Muchnik: Vamos a dar la palabra...
Jean Andreu: Yo no sé demasiado, tampoco, lo que voy a decir. Primero indico a la gente que llegó tarde que, a pesar de lo que reza en el panel inicialmente previsto, desgraciadamente no soy Saúl Yurkievich, lo lamento. Lo lamento porque es un gran crítico y un enorme poeta.
Yo soy Jean Andreu. No confundan. Antes de hablar propiamente de Rayuela quisiera decir dos palabras a propósito de Paco Porrúa. A Paco Porrúa lo conocí en el sesenta y nueve por indicación de Julio. Julio, antes de mi primer viaje a Argentina, me dijo: “Tienes que ver a fulano de tal, fulano de tal, fulano de tal”. Uno de ellos era Paco Porrúa. Y a Paco Porrúa lo fui a visitar en la Editorial Sudamericana. Me recibió en un inmenso escritorio sombrío. Paco se parecía a una especie de minotauro en medio de su laberinto, laberinto constituido por anaqueles de libros por todos lados. Y allí hablamos, por cierto, de Julio y un poco de Rayuela, sobre Rayuela voy a volver más tarde. Pero a propósito de Paco Porrúa como editor, en casa, en Toulouse, tengo la primera edición de Rayuela. Físicamente, digo, no tiene nada que ver con esto [muestra la edición que tiene en la mesa]. Es un libro de tamaño normal, muy espeso, de tapas negras con una rayuela dibujada en la tapa. Este libro lo leí, lo leí varias veces, pero no tanto, y esto quizá sea un reproche a Paco Porrúa, no tanto para que esté este libro en el estado en que está hoy; se le cayeron las tapas, las páginas se deshicieron..., era una encuadernación en rústica. Bueno y quisiera preguntar, cómo hizo en cuanto a editor Paco Porrúa para editar un libro, que era un libro muy espeso, que no era la norma en la época, ¿técnicamente hubo problemas?
Paco Porrúa: No, ninguno. No, bueno, hubo algunas actitudes raras en el directorio. El directorio se reunió, consideró, pensó o trató de pensar en lo que era el libro y me enviaron un mensajero a mi oficina. Un mensajero que dijo: “Los señores quieren saber qué significan erótico y lúdico”. Yo les dije, “Bueno, creo que es el amor y el juego”. Se quedaron tranquilos y el libro fue adelante.
Mario Muchnik: Magnífico. Pero..., sólo una acotación. El libro no es tan gordo, se imprimieron en aquella época libros más gordos.
Jean Andreu: ¿Sí?
Mario Muchnik: Sí, en la Argentina también, lo que pasa es que si te fijas en la página de colofón dice “Printed in Argentina”. Entonces eso te explica, en ese momento evidentemente en la Argentina y durante mucho tiempo los libros duraban lo que duraban, ahora, el papel era bueno, el papel no era malo, era buen papel, era ese papel con pelusa. Porque yo tengo esa edición, de vez en cuando barro la pelusa, pero es muy satisfactorio. Esas ediciones definieron un cierto concepto de libro literario, ésta es la cosa. Entonces el papel es el que es y es muy agradable, la encuadernación es la que es y no es eterna. ¿Quieres hablar sobre Rayuela...?
Jean Andreu: Un indicio, únicamente. En el orden de mis lecturas de los libros de Julio Cortázar, Rayuela, para mí, esto no agota el tema, para mí la sorpresa fue que por primera vez veía el mundo de Cortázar, veía los personajes de Cortázar en un ambiente francés, el ambiente parisino, y esto para mí fue una sorpresa. Yo, que había empezado a leer a Cortázar para familiarizarme con el ambiente argentino, con la topografía argentina, con el lenguaje argentino, de repente, con Rayuela me encuentro en París, con argentinos, por supuesto, y esto para mí fue una revelación. De modo que, curiosamente, en la parte parisina yo me sentía como extraño y tuve que esperar a la parte de Buenos Aires para volver a sentirme, digamos, a mi gusto, en la Argentina.
Mario Muchnik: Para mí es interesante porque yo leí Rayuela en Londres, pero poco antes de ir a vivir a París. Y a mí no me molestó nada, es decir, que no era un hecho importante, insólito o inesperado o que me descolocara, digamos, el hecho de encontrar esos personajes que actuaban en París. Es interesante lo que tú dices porque tal vez sea que tú tengas una percepción que sea interesante para mí que yo no tengo.
Jean Andreu: A lo mejor para mí era una visión neocolonialista. ¿Cómo puede venir un americano a hablar de Europa? No, no, es cierto que en la época, en los años sesenta, por lo menos en Francia, teníamos una visión bastante exótica del mundo americano. Como digo, entre nosotros, en aquel entonces en la universidad se hablaba sobre todo de la novela indigenista, se hablaba de la novela de la revolución mejicana. También para nosotros, digamos, lo más avanzado de la literatura, hablo de los años cincuenta, sesenta, era Rómulo Gallegos. Buenos, ustedes si conocen un poco este tipo de literatura pueden ver qué salto cualitativo representaba Rayuela. No tiene nada que ver.
Mario Muchnik: Eso es verdad.
Nieves Vázquez: A mí me gustaría que Francisco Porrúa rememorara un poco esos momentos germinales de Rayuela, esos momentos iniciales en la redacción, las cartas, esas conversaciones con Cortázar, los momentos de elaboración de la obra, lo puntilloso que era Julio.
Francisco Porrúa: Bueno, sí, podemos contar la historia desde el comienzo. Es decir, yo llego a Sudamericana, eso lo he repetido muchas veces, y el libro de Julio publicado en Sudamericana en ese momento es Bestiario, es decir, ya está publicado cuando yo llego a Sudamericana. Y hay, como he dicho otras veces, como he contado muchas veces, hay una especie de ignorancia de la obra de Julio, es decir, de ignorancia de Bestiario y Final del juego, pero al mismo tiempo, como en muchos otros casos parecidos, también hay una vida secreta del libro. Es decir, mucho antes, o poco antes de que yo entrara en Sudamericana, ya había algunos amigos que me decían: “Hay un libro de un señor Julio Cortázar en Sudamericana, un libro excepcional”, y se habían vendido sólo unas pocas docenas de ejemplares. Entonces llega Las armas secretas y, naturalmente, con Las armas secretas ya no podía discutirse si era conveniente o no conveniente insistir en la venta de Bestiario. Era un libro nuevo y había que publicarlo de acuerdo a lo que era ese mismo libro, que era un libro que revelaba definitivamente a Cortázar como un cuentista admirable.
Nuestra relación fue muy buena, pero siempre epistolar, es decir, fue casi siempre epistolar, nos hemos encontrado muy pocas veces en la vida, en periodos cortos, pero esa correspondencia era una correspondencia muy verdadera, lo fue para mí desde un principio, en el sentido de que no era una correspondencia de editor a autor, era una correspondencia de amigos, se presuponía que éramos amigos desde el momento en que teníamos la misma visión de los libros y yo tenía una admiración bien clara por los cuentos de Bestiario y Las armas secretas. Bueno, continuó con Los premios, y después tuvimos la alternativa de publicar también El examen. Yo creo que me equivoqué en ese entonces, Julio también prefirió publicar Los premios. Creo que debió publicarse El examen en seguida de Los premios. Y luego llegó la época de Rayuela y luego Julio empezó a anunciarme en cartas: “Ahí va este libro, este libro va a sorprender, este libro no va a ser entendido, este libro va a ser rechazado por los editores”, etc., etc. Y luego viene mi reacción, lo que yo he contado y después mis pensamientos recientes sobre ese entonces. Pero no queda en mí, de esa época, no quedan en mí recuerdos de tipo literario. Lo que queda, es cierto, son recuerdos de tipo humano, es decir, la relación con Julio. Yo contaba hace poco que se habla del carácter único que tiene cada amistad. Cada amistad es diferente de otras amistades y cada amigo es diferente de todos los otros amigos. Con Julio encontramos una especie de comunión de amigos, o comunión de lectores. Todos estamos de acuerdo en la excepcionalidad de él como ser humano. Todos, sin ninguna duda. Es decir, que más allá de sus cualidades personales de amabilidad y de inteligencia, tenía una calidad humana que era absolutamente entrañable y que se comunicaba con todos, con todos era igual. ¿Estás de acuerdo?
Mario Muchnik: Cien por cien. Estoy totalmente de acuerdo, quiero decir. Yo estoy pensando que estamos aquí en esta mesa... ¿Qué diría Julio de que estemos aquí en esta mesa? Bueno, se sentiría muy contento humanamente por estar con nosotros, antes que profesionalmente. Era un profesional muy bueno, de alta calidad. Julio era un hombre que sabía perfectamente leer pruebas y sabía perfectamente la calidad de los papeles y sabía perfectamente la calidad de las impresiones y demás. Yo recuerdo Los autonautas, él quería que las fotos salieran mal, no que salieran bien, para que fuera lo más posible fotos de viaje. Él no quería que salieran bien las fotos, por eso lo que me dio para reproducir eran ya instantáneas de esas caseras y me dijo: “Que salgan un poco borrosas, no importa, no pasa nada”. Es decir, él sabía, conocía las técnicas. Iba muy lejos. Como cuando había que escribir una solapa. Bueno, en definitiva yo le edité tres libros, pero ya en tres libros comprendí que era muy importante someterle las solapas. El último ya no llegué a tiempo para someterle nada. Pero tenía su visión y tenía su concepción de la función de una solapa, la función de un texto de contracubierta, la función de una ilustración de cubierta, de una foto del autor. Él, en ese sentido, fue para mi un autor yo diría ideal, que ayudaba a resolver problemas. Planteaba problemas y ayudaba a resolverlos y eso para un editor es maravilloso.
Francisco Porrúa: Yo recuerdo la importancia que él daba a las solapas y una vez me ocurrió algo curioso, de esas cosas que pasaban con Julio muy a menudo, y que eran coincidencias raras, azares que se repetían una y otra vez. Él, muy prudentemente, nunca teorizó sobre eso, simplemente lo expuso. Yo estaba escribiendo la solapa de Historias de cronopios y de famas en Buenos Aires y le dije: “Julio, mirá, estoy escribiendo la solapa y hay algo raro, porque estoy hablando de una habitación cruzada por piolines”. Y él me contestó de un modo completamente natural, como si estuviéramos hablando del café: “Guardá esa solapa para mi próximo libro”. Lo que yo estaba describiendo era una escena de Rayuela.
Terminando con lo que estaba diciendo antes de las cualidades personales de Julio. Algo, que después de haber conocido a muchos escritores, docenas de escritores, doscientos escritores, yo creo que Julio es el único que no se me presentó nunca como escritor protagonista, ni sobre los demás ni contra los demás. Él hacía las cosas como mejor podía, según decía él mismo, y nunca creía haber alcanzado una altura mayor que la de sus colegas, jamás. Jamás le oí, nunca, creo que nadie lo oyó nunca jamás, una voz en la que él dijera: “Yo, Cortázar, digo”. No, no, jamás. Eso es admirable.
Mario Muchnik: Pero te voy a decir más, es admirable porque como autor tampoco nunca lo vi en la tesitura de venir a darme lecciones como editor.
Francisco Porrúa: Nunca.
Mario Muchnik: Eso, fuera del mundo editorial también era así. Julio nunca hizo sentir en mi presencia a nadie que él estaba por encima, más que desde un punto de vista de metros lineales, porque ahí sí que estaba por encima.
Francisco Porrúa: Muy por encima.
Mario Muchnik: Todos tenemos preguntas que hacerte [a Francisco Porrúa]. Cómo fue la discusión por el contrato, las condiciones, esas cosas habituales. Yo siento mucho, que a lo mejor esto no le interesa a nadie, pero a mí me interesa muchísimo. Julio cómo era como negociador.
Francisco Porrúa: Bueno, mirá, en Sudamericana yo tenía un puesto que se llamaba Director Literario, o algo parecido, y era completamente independiente. Eso tengo que reconocerlo y fue algo admirable. Este señor que Julio llamaba el “Old Man”, que era el catalán López Llausás, que desde que murió el hijo en el año sesenta y dos, dejó toda la dirección literaria, excepto los grandes figurones, como Sánchez Albornoz, Salvador de Madariaga, todos éstos seguían tratando con el viejo, pero lo demás lo decidía yo y nunca hubo ninguna clase de interferencia, jamás. Jamás me echaron en cara que este libro no se vende o que este libro se vende menos que el otro, o tenemos que publicar libros que se vendan más, etc. Entonces con Rayuela, cuando ya se habían publicado Las armas secretas y Los premios, naturalmente fue muy fácil para mí. Es decir, no tuve más que decirle al director de la editorial: “Vamos a publicar este libro de Cortázar, que es un libro realmente admirable, que es un libro nuevo, un libro etc., etc., etc.”, y nada más. ¿La relación con Julio en cuanto al dinero? Pues nada, a veces me pedía a mí que yo interviniera en la contabilidad de Sudamericana, pero siempre de un modo muy discreto. Lo distintivo de esa relación era que él trataba con un editor que no tenía compromisos de tipo económico, que no tenía compromisos de tipo ideológico, ninguna clase de compromiso, con una persona independiente y que iba a publicar todo lo que él escribiera. La calidad literaria ante todo, eso primera regla de oro. Y entonces todo fue muy sencillo, muy sencillo, como era, por otra parte, la relación con Julio, no solamente de editor, sino también de amigo, todo era simplemente el sentido común cotidiano cargado de emoción, siempre lo mismo.
Mario Muchnik: El libro él te lo entregó terminado, completamente terminado.
Francisco Porrúa: Sí, completamente terminado.
Mario Muchnik: O sea, Rayuela te llegó y no hubo cambios después.
Francisco Porrúa: Yo no recuerdo si hubo cambios, porque él corrigió las galeras y las pruebas de página y creo que intentó, es decir, me convenció de que le enviara las galeras, porque generalmente el autor lee las pruebas de página, para introducir modificaciones, quitar líneas viudas, esas líneas inconclusas que a veces encabezan un capítulo, etc., etc., etc., esas cuestiones de tipo técnico, que él llamaba, no eran para él nada literarias. Las llamaba “tareas de corte y confección”.
Mario Muchnik: Pero, ¿él te fue útil en ese sentido?
Francisco Porrúa: ¿Me fue útil?
Mario Muchnik: En ese sentido.
Francisco Porrúa: Bueno, oíme, me fue útil..., te puedo decir que me convirtió en editor, eso es otra cosa, porque el editor, vos lo sabés muy bien, no es nadie, el editor es los libros que publica, si publica buenos libros es un buen editor, si publica malos libros es un mal editor. Él, en sí mismo, no es nadie, es su catálogo.
Mario Muchnik: Exactamente. No, pero digo, te fue útil en el sentido de que, yo siempre digo que he tenido dos autores, uno era Julio y el otro era Jorge Guillén, que me fueron útiles en el sentido que hicieron un trabajo que normalmente se espera que haga el editor y que el editor además hace, pero viniendo después de autores de ese tipo tiene la vida mucho más fácil y en ese sentido digo yo. A mí Julio me fue muy útil.
Francisco Porrúa: Tenés razón en que la conversión del manuscrito de Rayuela en libro hubiera sido una tarea larguísima y muy difícil para mí sin la colaboración activa de Julio, que intervino en cada página, en la diagramación, en la compaginación, etc., etc. Evidentemente en ese sentido era un escritor ideal, un escritor que se encuentra raras veces y que te ayuda en tu tarea de editor. Es decir, en este caso una muy buena relación: el editor que comprende los problemas del escritor y el escritor que comprende los problemas del editor, que es algo realmente difícil de encontrar.
Mario Muchnik: Único, vamos.
Francisco Porrúa: Bueno, yo quisiera decir algo distinto, porque podemos dar vueltas y vueltas sobre esto, yo quiero decir algo más personal. Al entrar en este acto y ver estas admirables fotografías de Julio, yo creo que podemos decir, y eso lo digo con el corazón realmente, podemos decir que la muerte de un amigo, y la muerte de un amigo como Julio, es impensable, es inaceptable, de algún modo contraría toda nuestra vida, todo el sentido de nuestra vida. Julio era una figura completamente excepcional, que hizo de la amistad también algo excepcional, de la literatura algo excepcional, una persona que quisiéramos ver con nosotros por supuesto. Pero no podemos pensar en nuestras propias emociones, en lo que podemos pensar es en el hecho ineluctable de su desaparición, algo con lo que no podemos estar de acuerdo, y sin embargo está ahí, esa ausencia que es la ausencia de la que hablaba antes, que amenazaba a Horacio y que amenaza a todos los personajes de Rayuela y es una ausencia que de algún modo para nosotros es material de emoción cotidiano. Nosotros vivimos con eso, todos los que fuimos amigos de Julio sabemos lo que eso significa y lo que sigue significando todos los días.
Nieves Vázquez: En estos días del Encuentro preguntan y preguntan, me preguntan y nos preguntan sobre la vigencia de Rayuela. La pregunta de la vigencia de Rayuela, a mí me parece un poco sin sentido, porque para mí es una obra completamente mía, vigente, pero yo creo que esa pregunta indica un estado de la situación de la literatura. Cómo situar Rayuela ante la literatura que se escribe ahora, por qué esa cuestión de ¿Rayuela sigue viva? Parece que desde ciertas voces se quiere pasar página, como si molestara Rayuela, cuando en realidad los verdaderos lectores la tenemos presente de manera cotidiana. Me gustaría que reflexionáramos sobre eso.
Jean Andreu: La situación de Rayuela dentro del panorama general de la literatura mundial, española..., no sé. Para mí, y no es ninguna demagogia, ya sé que las escuelas literarias evolucionan, que hay otras modas, que se hacen otras cosas, pero les aseguro que para mí Rayuela sigue teniendo el mismo impacto, sobre todo en un momento en que, yo no leo todo, por supuesto, no leo todas las literaturas, pero me parece un momento en que, en general, la literatura vuelve a caminos que han sido trillados en el siglo anterior; como, por ejemplo, el de la novela histórica, y ver, por ejemplo, cómo escritores de talento, incluso hispanoamericanos, se sacrifican a las estructuras de la novela policial, porque esto atrae a lectores. Claro que hay excepciones, pero en general considero que actualmente la literatura, por lo menos la literatura que conozco, española y francesa, conoce una especie de proceso regresivo, de alguna manera. Claro que los temas son mucho más modernos, ya ha pasado el sesenta y ocho, han pasado las guerras, ha pasado la guerra del Vietnam, está pasando la guerra de Irak y que todo esto se incorpora a la experiencia general. Por supuesto que las mentalidades también han cambiado. Estoy hablando de las formas literarias y creo que en este campo Rayuela merecería no sé cuántas reediciones y que la gente lo volviera a leer. Es cierto que hay digamos detalles circunstanciales en Rayuela que para un nuevo lector a lo mejor no funcionarían. Cuando hablaba del ambiente francés de la primera parte de Rayuela, hay muchas indicaciones que, para mí no, pero para gente de generaciones posteriores han perdido su sentido. Pienso, por ejemplo, en las alusiones que hay en la primera parte de Rayuela a la guerra de Argelia, a la guerra de liberación colonial de Argelia, hay varias alusiones, no sé ahora lo que puede representar. Después viene lo de Vietnam. Hay algunas cositas. Bueno, supongo también que la topografía de París habrá cambiado mucho en los barrios que frecuentaba Oliveira, cosas por el estilo. Pero, en general, el planteamiento filosófico, como decía Paco, por lo menos vital, el planteamiento vital de Rayuela sigue completamente vigente. Es cierto que tengo cierta edad, a lo mejor no evoluciono demasiado rápido, etc., pero estoy convencido de esto.
Nieves Vázquez: Bueno, sigue habiendo generaciones, nuevas generaciones que se incorporan a Rayuela, no es cuestión de edad.
Jean Andreu: Yo he escuchado voces que dicen que “Rayuela, sí, está bien, históricamente marca una etapa, bueno ahora estamos en otra cosa...”, no creo, no creo.
Mario Muchnik: Además es que muchos de los que hacen esta pregunta, es verdad, a mí también me la han hecho justamente ahora, eso de los aniversarios, muchos de los que te hacen esa pregunta te la hacen en función de lo que suponen son las ventas. Pero ahora resulta que Rayuela llegará un día en que venderá a lo mejor un ejemplar por año y seguirá siendo Rayuela, como, yo qué sé, la Ilíada, ¿cuántas se venderán de Ilíadas por año hoy día? En España pocas, pocas Ilíadas, pero de la Ilíada, quién va a dudar. Es decir que hay una confusión que se ha instalado en algunas cabecitas que confunden la importancia, la trascendencia de un libro con la liquidación de ventas, lo cual me parece una cosa un poco absurda. A mí me da igual que Rayuela hoy se venda por millones o por cientos de miles o por decenas de miles, me da exactamente igual, lo que yo sostengo es que véndase lo que se venda no ha cambiado desde el primer día, bueno, desde el primer día no, pero desde que nos dimos cuenta de lo que es Rayuela, no ha cambiado su importancia dentro de la literatura y eso yo creo que es definitivo.
Jean Andreu: Yo quisiera decir, en esto de las generaciones, que estoy hablando de los escritores y de los escritores que se doblegan a las modas. Naturalmente la moda es la rapidez... Bueno, es cierto que Rayuela, el libro de Rayuela es una lectura que se merece, no quiero decir que es difícil, se merece, porque el libro son quinientas páginas, el hábito de leer hay que tenerlo.
Francisco Porrúa: Es difícil porque es distinta, lo plantea ya Julio como distinto al proponerle al lector un nuevo modo de leer. Pero se trata de un juego intelectual, esa fragmentación del libro corresponde a la fragmentación también de los personajes, el nuevo modo de leer es el nuevo modo de entender también y lo que está presentando Julio son situaciones muy insólitas, no es la novela del siglo XIX donde un protagonista lucha contra las dificultades y se impone, etc., etc., etc. No, los personajes de Rayuela están completamente sumergidos en nuestro tiempo, son parte de nuestro tiempo y al ser parte de las emociones y de los anhelos del hombre son parte del tiempo eterno, de nuestro ahora y aquí. En ese sentido yo creo que es muy claro lo que dice Mario, que es un libro que se leerá siempre, pues procede de una perspectiva actual y universal. En ese entonces esa perspectiva parecía realmente la perspectiva que estaba en la calle, hoy es tan necesaria como antes. Lo que plantea Julio es el cuestionamiento de todas las cosas, de todas las políticas, de todos los pareceres, de todas las opiniones, de toda la literatura, de todas las costumbres y hábitos. Un cuestionamiento necesariamente útil y a veces indispensable. Así para nosotros Rayuela será siempre una obra fecunda, una obra que de algún modo está indicándonos un cambio de dirección. Porque, aun elementos que parecen transitorios, por ejemplo el jazz que aparece una y otra vez en Rayuela. El jazz es la música espontánea, que se crea en el momento, es lo que Horacio está buscando, algo que nazca en el momento y que sea auténtico a la vez.
Mario Muchnik: Es verdad, es verdad. Por eso digo que será un libro que independientemente de que en un momento determinado haya un hombre o una mujer en el mundo que esté leyendo Rayuela, Rayuela estará.
Francisco Porrúa: Eso es lo que quisiera haber dicho
Jean Andreu: Sí, para mí Rayuela tiene todavía toda su vigencia. Voy a ir más lejos. Para mí cuando se publicó Rayuela en el sesenta y tres era un libro profético, me explico, para las nuevas generaciones. En Rayuela se plantean posturas, problemas, vivencias, no se proponen soluciones.
Francisco Porrúa: No hay solución.
Jean Andreu: Incluso no se sabe cómo termina.
Francisco Porrúa: La solución es que no hay solución.
Jean Andreu: Exacto. Imagínense ustedes que esta actitud pongamos moral de Cortázar que dice: “La vida es así, no hay solución” (esto no quiere decir que todo sea negativo, pero no hay solución), esto lo escribe en un momento en que en el mundo reina todo tipo de utopías, es decir, en un mundo en que nos proponen el paraíso o el bienestar. Las ideologías, sea conservadora liberal, sea marxista, en el sesenta y dos nos proponen una solución, si ustedes luchan o si ustedes se defienden contra el enemigo, llegaremos a un mundo mejor, donde todo estará bien, etc. Y en este momento preciso sale un señor que se llama Cortázar que dice: “Ustedes viven mal, pero yo no tengo ninguna solución que proponer”. Es decir, que es la situación, pienso yo, que estamos viviendo hoy día, hoy día en que nadie nos propone una solución; de un lado, al oeste, es una caricatura, y al este, mejor no me meto. Es en ese sentido en que digo que Rayuela era un libro profético y hoy es un libro actual.
Nieves Vázquez: Creo que también habría que señalar el tejido poético que está en la narración. Rayuela está escrito casi como un poema que te atrapa. “¿Encontraría a la Maga...?”, ese ritmo, esa experimentación en el lenguaje, bueno, por su puesto en los temas, el tablón como metáfora del hombre suspendido en el vacío, pero en el vacío también de la experimentación formal. Yo creo que ese lenguaje te va atrapando desde el principio, que la base de Rayuela está en la poesía, además de en la narración por supuesto.
Francisco Porrúa: Sí, sí.
Nieves Vázquez: Y además creo que, bueno, supongo que Aurora Bernárdez esto lo sabe, se nota en la escritura de Rayuela un estado como de iluminación, de estar atrapado por una necesidad de escribir que se manifiesta sobre todo a través del impulso poético.
Mario Muchnik: Sí, o como dicen por la televisión, efectivamente.
Francisco Porrúa: Lo que decís me recuerda que Julio provocó muchos malos entendidos, mejor dicho, no entendió el que no quiso, cuando él habla de juego, continuamente. Y en una entrevista que le hicieron a Julio y a Saúl, Julio replica a propósito del juego: “El juego para mí es una cosa muy seria”. No se trata de un entretenimiento de billar, es algo fundamental, el juego es de algún modo la manera de presentarnos en el mundo, un modo de vivir, y yendo más allá o no yendo más allá, hay que recordar que el juego, entendido seriamente, como decía Julio, es un juego que llega al lenguaje, y el lenguaje también es un juego, y en Rayuela, que el libro es un juego, y las situaciones son un juego, por la contingencia de las situaciones, pero ese juego es a vida o muerte, no es un juego para ganar un poco de dinero, es un juego en el cual te precipitás a la nada o te quedás en una superficie completamente falsa, este juego es realmente un juego de destino. Y lo literario nace también en Rayuela de ese mismo juego, es en este sentido un magistral juego del lenguaje en el cual Julio hace con el lector lo que quiere, muestra lo que él quiere mostrar aunque el lector se resista. Eso es curioso, sí.
Mario Muchnik: Así es.
Nieves Vázquez: Y si el hombre suspendido en el tablón, esa situación un poco absurda, surrealista, es un metáfora de lo que somos, me decía Julio Silva, y él lo puede decir si quiere ahora, que para él Rayuela significa sobre todo el kibbutz del deseo, pero del deseo real, es decir, que para él – y yo creo que es verdad- Rayuela significaba un impacto porque también la búsqueda amorosa está representada de una manera completamente impactante para los lectores de esa época. Hasta tal punto que él pensaba que quizá en la portada hubiera sido muy significativo poner un lecho como símbolo, igual que el tablón, de esa búsqueda donde el amor juega un papel fundamental.
Francisco Porrúa: Bueno, un poco como decís vos, es difícil hablar de Rayuela, porque es ante todo un libro que nos conmovió y las especulaciones de tipo intelectual quizá estén un poco de más. Pero yo quisiera hablar sobre mi primera experiencia de lector, de lector y editor de Rayuela. Es decir el libro llega a mis manos después de Los premios. Ya Julio me está anunciando que va a ser una obra insólita, que sobre todo sorprenderá a los editores, como fue cierto, por otra parte. Y bien, recuerdo la tarde en que terminé la lectura de Rayuela. Me quedé un poco o bastante desasosegado, bastante inquieto por lo que había leído. Mi primera reacción fue decirle a Julio, tengo ganas de tirarte el libro a la cabeza. Él me contestó que eso era lo que esperaba de mí y yo también comprendí mi reacción: un movimiento que era evidentemente una metáfora, una imagen de lo que me había ocurrido como lector. Sentí que Julio había lanzado un proyectil a la cabeza de los lectores, había intentado romper la cabeza de los lectores, el orden común, y darles una visión nueva. Y entonces, reconocí en mi actitud una reciprocidad. De algún modo yo quería mostrarle que había entendido el fundamento de Rayuela.
Y de ahí, con los años, empecé a pensar en el significado exacto de mi reacción, es decir, si tenía algún significado, quizá de tipo histórico, de tipo cultural, y me descubrí especulando sobre la presencia de la nada en la filosofía contemporánea. No quiero hablar de las posibles influencias filosóficas sobre Julio, que eso no nos interesa, pero sí de qué modo Rayuela parece recoger el pensamiento de esa época, que en Francia abarca todos los cincuenta y termina seguramente en el sesenta y ocho, y que es una época no de incertidumbre, es una época de búsqueda, de iniciación, de darse cuenta de que en la vida hay siempre un hueco, un carencia, una ausencia, algo que falta. Yo recuerdo siempre del libro como capítulo fundamental el episodio del tablón, donde Horacio está suspendido sobre el vacío en un tablón, esa imagen de estar suspendido sobre el vacío o estar suspendido sobre la nada, estar suspendido sobre la nada porque las convenciones, los valores, costumbres, ya no son el fundamento del mundo. Esa presencia de la nada, ese hueco, ese patio de Buenos Aires en el que Horacio puede desaparecer, me parece que está presente en toda la obra, me parece que es una corriente que anima todo el libro o que sostiene todo el libro desde un principio hasta el final. Desde fuera, mirado con un criterio un poco más histórico, es el mundo de Kierkegaard, es el mundo en que Kierkegaard dice a Hegel: “Hegel conoce todos los problemas menos el suyo”; es el mundo del existencialismo francés, donde la nada es omnipresente, o subyacente, no sólo en la obra de Sartre y Camus, también en la obra de Blanchot, en la obra de Cioran, en la obra de Bataille. Y esa presencia de la nada hace que la conducta se constituya de un modo completamente diferente, y el enorme talento literario de Julio muestra cómo de un modo sencillo, de un modo cotidiano, cuál es el problema fundamental de nuestra época. En ese sentido creo que es un libro completamente actual, es un libro que nos dice que la autenticidad, la actitud auténtica ante la vida, no es de ningún modo buscar en la historia los ejemplos más esplendentes o más repetidos, sino que es una creación continua, una creación que se repite en circunstancias muchas veces contingentes. La presencia de lo contigente es muy grande en Rayuela, es muy poderosa, los personajes parecen encontrarse siempre en situaciones donde lo contingente es lo inevitable. Aunque hay personajes como Morelli, que parecen ser la voz de la filosofía, el milagro de Julio es haber convertido esa idea de la precariedad de la existencia o de la precariedad de los valores o las numerosas dudas que podemos tener sobre la naturaleza humana, en materia novelesca, en materia novelesca suelta, espontánea, de algún modo reveladora o siempre reveladora, no como exposición teórica, sino como ejemplo de vida cotidiana, y eso, creo, es lo que influyó, eso es en parte seguramente lo que trastornó a muchos lectores.
No hace mucho tiempo leí en la Revista de Occidente la confesión de un escritor mejicano. Cuando leyó Rayuela, decía este escritor, su visión, la visión que él tenía de sus propias emociones, de cómo se vivían las emociones en este mundo, cambió radicalmente, fue desde entonces una visión mucho más espontánea, mucho más natural, se terminaron los hábitos y las ceremonias y apareció otra cosa, apareció la vida misma, la vida entera. Y yo creo que decir eso de un libro es simplemente algo prodigioso, una visión semejante se puede quizás alcanzar con un gran poema, o en una larga meditación solitaria, pero Julio nos dio eso, la vida desnuda, la vida auténtica, nos la dio de pronto, de golpe y de repente en unas páginas inolvidables que todavía tienen la vigencia de entonces. Porque evidentemente los problemas de la llamada naturaleza humana, los problemas del hombre y la mujer actuales son los problemas de Rayuela, y a lo que nos invita Julio es a una actitud de mucho coraje, una actitud de olvidar lo hecho, olvidar lo construido anteriormente, olvidar la propia autoridad para encontrar una vida de algún modo verdadera, de algún modo plena. ¿Contestás a eso? [a Muchnik]
Mario Muchnik: ¿Yo, contestar a eso...?
Francisco Porrúa: ¿Para eso estamos, no?
Mario Muchnik: Vamos a dar la palabra...
Jean Andreu: Yo no sé demasiado, tampoco, lo que voy a decir. Primero indico a la gente que llegó tarde que, a pesar de lo que reza en el panel inicialmente previsto, desgraciadamente no soy Saúl Yurkievich, lo lamento. Lo lamento porque es un gran crítico y un enorme poeta.
Yo soy Jean Andreu. No confundan. Antes de hablar propiamente de Rayuela quisiera decir dos palabras a propósito de Paco Porrúa. A Paco Porrúa lo conocí en el sesenta y nueve por indicación de Julio. Julio, antes de mi primer viaje a Argentina, me dijo: “Tienes que ver a fulano de tal, fulano de tal, fulano de tal”. Uno de ellos era Paco Porrúa. Y a Paco Porrúa lo fui a visitar en la Editorial Sudamericana. Me recibió en un inmenso escritorio sombrío. Paco se parecía a una especie de minotauro en medio de su laberinto, laberinto constituido por anaqueles de libros por todos lados. Y allí hablamos, por cierto, de Julio y un poco de Rayuela, sobre Rayuela voy a volver más tarde. Pero a propósito de Paco Porrúa como editor, en casa, en Toulouse, tengo la primera edición de Rayuela. Físicamente, digo, no tiene nada que ver con esto [muestra la edición que tiene en la mesa]. Es un libro de tamaño normal, muy espeso, de tapas negras con una rayuela dibujada en la tapa. Este libro lo leí, lo leí varias veces, pero no tanto, y esto quizá sea un reproche a Paco Porrúa, no tanto para que esté este libro en el estado en que está hoy; se le cayeron las tapas, las páginas se deshicieron..., era una encuadernación en rústica. Bueno y quisiera preguntar, cómo hizo en cuanto a editor Paco Porrúa para editar un libro, que era un libro muy espeso, que no era la norma en la época, ¿técnicamente hubo problemas?
Paco Porrúa: No, ninguno. No, bueno, hubo algunas actitudes raras en el directorio. El directorio se reunió, consideró, pensó o trató de pensar en lo que era el libro y me enviaron un mensajero a mi oficina. Un mensajero que dijo: “Los señores quieren saber qué significan erótico y lúdico”. Yo les dije, “Bueno, creo que es el amor y el juego”. Se quedaron tranquilos y el libro fue adelante.
Mario Muchnik: Magnífico. Pero..., sólo una acotación. El libro no es tan gordo, se imprimieron en aquella época libros más gordos.
Jean Andreu: ¿Sí?
Mario Muchnik: Sí, en la Argentina también, lo que pasa es que si te fijas en la página de colofón dice “Printed in Argentina”. Entonces eso te explica, en ese momento evidentemente en la Argentina y durante mucho tiempo los libros duraban lo que duraban, ahora, el papel era bueno, el papel no era malo, era buen papel, era ese papel con pelusa. Porque yo tengo esa edición, de vez en cuando barro la pelusa, pero es muy satisfactorio. Esas ediciones definieron un cierto concepto de libro literario, ésta es la cosa. Entonces el papel es el que es y es muy agradable, la encuadernación es la que es y no es eterna. ¿Quieres hablar sobre Rayuela...?
Jean Andreu: Un indicio, únicamente. En el orden de mis lecturas de los libros de Julio Cortázar, Rayuela, para mí, esto no agota el tema, para mí la sorpresa fue que por primera vez veía el mundo de Cortázar, veía los personajes de Cortázar en un ambiente francés, el ambiente parisino, y esto para mí fue una sorpresa. Yo, que había empezado a leer a Cortázar para familiarizarme con el ambiente argentino, con la topografía argentina, con el lenguaje argentino, de repente, con Rayuela me encuentro en París, con argentinos, por supuesto, y esto para mí fue una revelación. De modo que, curiosamente, en la parte parisina yo me sentía como extraño y tuve que esperar a la parte de Buenos Aires para volver a sentirme, digamos, a mi gusto, en la Argentina.
Mario Muchnik: Para mí es interesante porque yo leí Rayuela en Londres, pero poco antes de ir a vivir a París. Y a mí no me molestó nada, es decir, que no era un hecho importante, insólito o inesperado o que me descolocara, digamos, el hecho de encontrar esos personajes que actuaban en París. Es interesante lo que tú dices porque tal vez sea que tú tengas una percepción que sea interesante para mí que yo no tengo.
Jean Andreu: A lo mejor para mí era una visión neocolonialista. ¿Cómo puede venir un americano a hablar de Europa? No, no, es cierto que en la época, en los años sesenta, por lo menos en Francia, teníamos una visión bastante exótica del mundo americano. Como digo, entre nosotros, en aquel entonces en la universidad se hablaba sobre todo de la novela indigenista, se hablaba de la novela de la revolución mejicana. También para nosotros, digamos, lo más avanzado de la literatura, hablo de los años cincuenta, sesenta, era Rómulo Gallegos. Buenos, ustedes si conocen un poco este tipo de literatura pueden ver qué salto cualitativo representaba Rayuela. No tiene nada que ver.
Mario Muchnik: Eso es verdad.
Nieves Vázquez: A mí me gustaría que Francisco Porrúa rememorara un poco esos momentos germinales de Rayuela, esos momentos iniciales en la redacción, las cartas, esas conversaciones con Cortázar, los momentos de elaboración de la obra, lo puntilloso que era Julio.
Francisco Porrúa: Bueno, sí, podemos contar la historia desde el comienzo. Es decir, yo llego a Sudamericana, eso lo he repetido muchas veces, y el libro de Julio publicado en Sudamericana en ese momento es Bestiario, es decir, ya está publicado cuando yo llego a Sudamericana. Y hay, como he dicho otras veces, como he contado muchas veces, hay una especie de ignorancia de la obra de Julio, es decir, de ignorancia de Bestiario y Final del juego, pero al mismo tiempo, como en muchos otros casos parecidos, también hay una vida secreta del libro. Es decir, mucho antes, o poco antes de que yo entrara en Sudamericana, ya había algunos amigos que me decían: “Hay un libro de un señor Julio Cortázar en Sudamericana, un libro excepcional”, y se habían vendido sólo unas pocas docenas de ejemplares. Entonces llega Las armas secretas y, naturalmente, con Las armas secretas ya no podía discutirse si era conveniente o no conveniente insistir en la venta de Bestiario. Era un libro nuevo y había que publicarlo de acuerdo a lo que era ese mismo libro, que era un libro que revelaba definitivamente a Cortázar como un cuentista admirable.
Nuestra relación fue muy buena, pero siempre epistolar, es decir, fue casi siempre epistolar, nos hemos encontrado muy pocas veces en la vida, en periodos cortos, pero esa correspondencia era una correspondencia muy verdadera, lo fue para mí desde un principio, en el sentido de que no era una correspondencia de editor a autor, era una correspondencia de amigos, se presuponía que éramos amigos desde el momento en que teníamos la misma visión de los libros y yo tenía una admiración bien clara por los cuentos de Bestiario y Las armas secretas. Bueno, continuó con Los premios, y después tuvimos la alternativa de publicar también El examen. Yo creo que me equivoqué en ese entonces, Julio también prefirió publicar Los premios. Creo que debió publicarse El examen en seguida de Los premios. Y luego llegó la época de Rayuela y luego Julio empezó a anunciarme en cartas: “Ahí va este libro, este libro va a sorprender, este libro no va a ser entendido, este libro va a ser rechazado por los editores”, etc., etc. Y luego viene mi reacción, lo que yo he contado y después mis pensamientos recientes sobre ese entonces. Pero no queda en mí, de esa época, no quedan en mí recuerdos de tipo literario. Lo que queda, es cierto, son recuerdos de tipo humano, es decir, la relación con Julio. Yo contaba hace poco que se habla del carácter único que tiene cada amistad. Cada amistad es diferente de otras amistades y cada amigo es diferente de todos los otros amigos. Con Julio encontramos una especie de comunión de amigos, o comunión de lectores. Todos estamos de acuerdo en la excepcionalidad de él como ser humano. Todos, sin ninguna duda. Es decir, que más allá de sus cualidades personales de amabilidad y de inteligencia, tenía una calidad humana que era absolutamente entrañable y que se comunicaba con todos, con todos era igual. ¿Estás de acuerdo?
Mario Muchnik: Cien por cien. Estoy totalmente de acuerdo, quiero decir. Yo estoy pensando que estamos aquí en esta mesa... ¿Qué diría Julio de que estemos aquí en esta mesa? Bueno, se sentiría muy contento humanamente por estar con nosotros, antes que profesionalmente. Era un profesional muy bueno, de alta calidad. Julio era un hombre que sabía perfectamente leer pruebas y sabía perfectamente la calidad de los papeles y sabía perfectamente la calidad de las impresiones y demás. Yo recuerdo Los autonautas, él quería que las fotos salieran mal, no que salieran bien, para que fuera lo más posible fotos de viaje. Él no quería que salieran bien las fotos, por eso lo que me dio para reproducir eran ya instantáneas de esas caseras y me dijo: “Que salgan un poco borrosas, no importa, no pasa nada”. Es decir, él sabía, conocía las técnicas. Iba muy lejos. Como cuando había que escribir una solapa. Bueno, en definitiva yo le edité tres libros, pero ya en tres libros comprendí que era muy importante someterle las solapas. El último ya no llegué a tiempo para someterle nada. Pero tenía su visión y tenía su concepción de la función de una solapa, la función de un texto de contracubierta, la función de una ilustración de cubierta, de una foto del autor. Él, en ese sentido, fue para mi un autor yo diría ideal, que ayudaba a resolver problemas. Planteaba problemas y ayudaba a resolverlos y eso para un editor es maravilloso.
Francisco Porrúa: Yo recuerdo la importancia que él daba a las solapas y una vez me ocurrió algo curioso, de esas cosas que pasaban con Julio muy a menudo, y que eran coincidencias raras, azares que se repetían una y otra vez. Él, muy prudentemente, nunca teorizó sobre eso, simplemente lo expuso. Yo estaba escribiendo la solapa de Historias de cronopios y de famas en Buenos Aires y le dije: “Julio, mirá, estoy escribiendo la solapa y hay algo raro, porque estoy hablando de una habitación cruzada por piolines”. Y él me contestó de un modo completamente natural, como si estuviéramos hablando del café: “Guardá esa solapa para mi próximo libro”. Lo que yo estaba describiendo era una escena de Rayuela.
Terminando con lo que estaba diciendo antes de las cualidades personales de Julio. Algo, que después de haber conocido a muchos escritores, docenas de escritores, doscientos escritores, yo creo que Julio es el único que no se me presentó nunca como escritor protagonista, ni sobre los demás ni contra los demás. Él hacía las cosas como mejor podía, según decía él mismo, y nunca creía haber alcanzado una altura mayor que la de sus colegas, jamás. Jamás le oí, nunca, creo que nadie lo oyó nunca jamás, una voz en la que él dijera: “Yo, Cortázar, digo”. No, no, jamás. Eso es admirable.
Mario Muchnik: Pero te voy a decir más, es admirable porque como autor tampoco nunca lo vi en la tesitura de venir a darme lecciones como editor.
Francisco Porrúa: Nunca.
Mario Muchnik: Eso, fuera del mundo editorial también era así. Julio nunca hizo sentir en mi presencia a nadie que él estaba por encima, más que desde un punto de vista de metros lineales, porque ahí sí que estaba por encima.
Francisco Porrúa: Muy por encima.
Mario Muchnik: Todos tenemos preguntas que hacerte [a Francisco Porrúa]. Cómo fue la discusión por el contrato, las condiciones, esas cosas habituales. Yo siento mucho, que a lo mejor esto no le interesa a nadie, pero a mí me interesa muchísimo. Julio cómo era como negociador.
Francisco Porrúa: Bueno, mirá, en Sudamericana yo tenía un puesto que se llamaba Director Literario, o algo parecido, y era completamente independiente. Eso tengo que reconocerlo y fue algo admirable. Este señor que Julio llamaba el “Old Man”, que era el catalán López Llausás, que desde que murió el hijo en el año sesenta y dos, dejó toda la dirección literaria, excepto los grandes figurones, como Sánchez Albornoz, Salvador de Madariaga, todos éstos seguían tratando con el viejo, pero lo demás lo decidía yo y nunca hubo ninguna clase de interferencia, jamás. Jamás me echaron en cara que este libro no se vende o que este libro se vende menos que el otro, o tenemos que publicar libros que se vendan más, etc. Entonces con Rayuela, cuando ya se habían publicado Las armas secretas y Los premios, naturalmente fue muy fácil para mí. Es decir, no tuve más que decirle al director de la editorial: “Vamos a publicar este libro de Cortázar, que es un libro realmente admirable, que es un libro nuevo, un libro etc., etc., etc.”, y nada más. ¿La relación con Julio en cuanto al dinero? Pues nada, a veces me pedía a mí que yo interviniera en la contabilidad de Sudamericana, pero siempre de un modo muy discreto. Lo distintivo de esa relación era que él trataba con un editor que no tenía compromisos de tipo económico, que no tenía compromisos de tipo ideológico, ninguna clase de compromiso, con una persona independiente y que iba a publicar todo lo que él escribiera. La calidad literaria ante todo, eso primera regla de oro. Y entonces todo fue muy sencillo, muy sencillo, como era, por otra parte, la relación con Julio, no solamente de editor, sino también de amigo, todo era simplemente el sentido común cotidiano cargado de emoción, siempre lo mismo.
Mario Muchnik: El libro él te lo entregó terminado, completamente terminado.
Francisco Porrúa: Sí, completamente terminado.
Mario Muchnik: O sea, Rayuela te llegó y no hubo cambios después.
Francisco Porrúa: Yo no recuerdo si hubo cambios, porque él corrigió las galeras y las pruebas de página y creo que intentó, es decir, me convenció de que le enviara las galeras, porque generalmente el autor lee las pruebas de página, para introducir modificaciones, quitar líneas viudas, esas líneas inconclusas que a veces encabezan un capítulo, etc., etc., etc., esas cuestiones de tipo técnico, que él llamaba, no eran para él nada literarias. Las llamaba “tareas de corte y confección”.
Mario Muchnik: Pero, ¿él te fue útil en ese sentido?
Francisco Porrúa: ¿Me fue útil?
Mario Muchnik: En ese sentido.
Francisco Porrúa: Bueno, oíme, me fue útil..., te puedo decir que me convirtió en editor, eso es otra cosa, porque el editor, vos lo sabés muy bien, no es nadie, el editor es los libros que publica, si publica buenos libros es un buen editor, si publica malos libros es un mal editor. Él, en sí mismo, no es nadie, es su catálogo.
Mario Muchnik: Exactamente. No, pero digo, te fue útil en el sentido de que, yo siempre digo que he tenido dos autores, uno era Julio y el otro era Jorge Guillén, que me fueron útiles en el sentido que hicieron un trabajo que normalmente se espera que haga el editor y que el editor además hace, pero viniendo después de autores de ese tipo tiene la vida mucho más fácil y en ese sentido digo yo. A mí Julio me fue muy útil.
Francisco Porrúa: Tenés razón en que la conversión del manuscrito de Rayuela en libro hubiera sido una tarea larguísima y muy difícil para mí sin la colaboración activa de Julio, que intervino en cada página, en la diagramación, en la compaginación, etc., etc. Evidentemente en ese sentido era un escritor ideal, un escritor que se encuentra raras veces y que te ayuda en tu tarea de editor. Es decir, en este caso una muy buena relación: el editor que comprende los problemas del escritor y el escritor que comprende los problemas del editor, que es algo realmente difícil de encontrar.
Mario Muchnik: Único, vamos.
Francisco Porrúa: Bueno, yo quisiera decir algo distinto, porque podemos dar vueltas y vueltas sobre esto, yo quiero decir algo más personal. Al entrar en este acto y ver estas admirables fotografías de Julio, yo creo que podemos decir, y eso lo digo con el corazón realmente, podemos decir que la muerte de un amigo, y la muerte de un amigo como Julio, es impensable, es inaceptable, de algún modo contraría toda nuestra vida, todo el sentido de nuestra vida. Julio era una figura completamente excepcional, que hizo de la amistad también algo excepcional, de la literatura algo excepcional, una persona que quisiéramos ver con nosotros por supuesto. Pero no podemos pensar en nuestras propias emociones, en lo que podemos pensar es en el hecho ineluctable de su desaparición, algo con lo que no podemos estar de acuerdo, y sin embargo está ahí, esa ausencia que es la ausencia de la que hablaba antes, que amenazaba a Horacio y que amenaza a todos los personajes de Rayuela y es una ausencia que de algún modo para nosotros es material de emoción cotidiano. Nosotros vivimos con eso, todos los que fuimos amigos de Julio sabemos lo que eso significa y lo que sigue significando todos los días.
Nieves Vázquez: En estos días del Encuentro preguntan y preguntan, me preguntan y nos preguntan sobre la vigencia de Rayuela. La pregunta de la vigencia de Rayuela, a mí me parece un poco sin sentido, porque para mí es una obra completamente mía, vigente, pero yo creo que esa pregunta indica un estado de la situación de la literatura. Cómo situar Rayuela ante la literatura que se escribe ahora, por qué esa cuestión de ¿Rayuela sigue viva? Parece que desde ciertas voces se quiere pasar página, como si molestara Rayuela, cuando en realidad los verdaderos lectores la tenemos presente de manera cotidiana. Me gustaría que reflexionáramos sobre eso.
Jean Andreu: La situación de Rayuela dentro del panorama general de la literatura mundial, española..., no sé. Para mí, y no es ninguna demagogia, ya sé que las escuelas literarias evolucionan, que hay otras modas, que se hacen otras cosas, pero les aseguro que para mí Rayuela sigue teniendo el mismo impacto, sobre todo en un momento en que, yo no leo todo, por supuesto, no leo todas las literaturas, pero me parece un momento en que, en general, la literatura vuelve a caminos que han sido trillados en el siglo anterior; como, por ejemplo, el de la novela histórica, y ver, por ejemplo, cómo escritores de talento, incluso hispanoamericanos, se sacrifican a las estructuras de la novela policial, porque esto atrae a lectores. Claro que hay excepciones, pero en general considero que actualmente la literatura, por lo menos la literatura que conozco, española y francesa, conoce una especie de proceso regresivo, de alguna manera. Claro que los temas son mucho más modernos, ya ha pasado el sesenta y ocho, han pasado las guerras, ha pasado la guerra del Vietnam, está pasando la guerra de Irak y que todo esto se incorpora a la experiencia general. Por supuesto que las mentalidades también han cambiado. Estoy hablando de las formas literarias y creo que en este campo Rayuela merecería no sé cuántas reediciones y que la gente lo volviera a leer. Es cierto que hay digamos detalles circunstanciales en Rayuela que para un nuevo lector a lo mejor no funcionarían. Cuando hablaba del ambiente francés de la primera parte de Rayuela, hay muchas indicaciones que, para mí no, pero para gente de generaciones posteriores han perdido su sentido. Pienso, por ejemplo, en las alusiones que hay en la primera parte de Rayuela a la guerra de Argelia, a la guerra de liberación colonial de Argelia, hay varias alusiones, no sé ahora lo que puede representar. Después viene lo de Vietnam. Hay algunas cositas. Bueno, supongo también que la topografía de París habrá cambiado mucho en los barrios que frecuentaba Oliveira, cosas por el estilo. Pero, en general, el planteamiento filosófico, como decía Paco, por lo menos vital, el planteamiento vital de Rayuela sigue completamente vigente. Es cierto que tengo cierta edad, a lo mejor no evoluciono demasiado rápido, etc., pero estoy convencido de esto.
Nieves Vázquez: Bueno, sigue habiendo generaciones, nuevas generaciones que se incorporan a Rayuela, no es cuestión de edad.
Jean Andreu: Yo he escuchado voces que dicen que “Rayuela, sí, está bien, históricamente marca una etapa, bueno ahora estamos en otra cosa...”, no creo, no creo.
Mario Muchnik: Además es que muchos de los que hacen esta pregunta, es verdad, a mí también me la han hecho justamente ahora, eso de los aniversarios, muchos de los que te hacen esa pregunta te la hacen en función de lo que suponen son las ventas. Pero ahora resulta que Rayuela llegará un día en que venderá a lo mejor un ejemplar por año y seguirá siendo Rayuela, como, yo qué sé, la Ilíada, ¿cuántas se venderán de Ilíadas por año hoy día? En España pocas, pocas Ilíadas, pero de la Ilíada, quién va a dudar. Es decir que hay una confusión que se ha instalado en algunas cabecitas que confunden la importancia, la trascendencia de un libro con la liquidación de ventas, lo cual me parece una cosa un poco absurda. A mí me da igual que Rayuela hoy se venda por millones o por cientos de miles o por decenas de miles, me da exactamente igual, lo que yo sostengo es que véndase lo que se venda no ha cambiado desde el primer día, bueno, desde el primer día no, pero desde que nos dimos cuenta de lo que es Rayuela, no ha cambiado su importancia dentro de la literatura y eso yo creo que es definitivo.
Jean Andreu: Yo quisiera decir, en esto de las generaciones, que estoy hablando de los escritores y de los escritores que se doblegan a las modas. Naturalmente la moda es la rapidez... Bueno, es cierto que Rayuela, el libro de Rayuela es una lectura que se merece, no quiero decir que es difícil, se merece, porque el libro son quinientas páginas, el hábito de leer hay que tenerlo.
Francisco Porrúa: Es difícil porque es distinta, lo plantea ya Julio como distinto al proponerle al lector un nuevo modo de leer. Pero se trata de un juego intelectual, esa fragmentación del libro corresponde a la fragmentación también de los personajes, el nuevo modo de leer es el nuevo modo de entender también y lo que está presentando Julio son situaciones muy insólitas, no es la novela del siglo XIX donde un protagonista lucha contra las dificultades y se impone, etc., etc., etc. No, los personajes de Rayuela están completamente sumergidos en nuestro tiempo, son parte de nuestro tiempo y al ser parte de las emociones y de los anhelos del hombre son parte del tiempo eterno, de nuestro ahora y aquí. En ese sentido yo creo que es muy claro lo que dice Mario, que es un libro que se leerá siempre, pues procede de una perspectiva actual y universal. En ese entonces esa perspectiva parecía realmente la perspectiva que estaba en la calle, hoy es tan necesaria como antes. Lo que plantea Julio es el cuestionamiento de todas las cosas, de todas las políticas, de todos los pareceres, de todas las opiniones, de toda la literatura, de todas las costumbres y hábitos. Un cuestionamiento necesariamente útil y a veces indispensable. Así para nosotros Rayuela será siempre una obra fecunda, una obra que de algún modo está indicándonos un cambio de dirección. Porque, aun elementos que parecen transitorios, por ejemplo el jazz que aparece una y otra vez en Rayuela. El jazz es la música espontánea, que se crea en el momento, es lo que Horacio está buscando, algo que nazca en el momento y que sea auténtico a la vez.
Mario Muchnik: Es verdad, es verdad. Por eso digo que será un libro que independientemente de que en un momento determinado haya un hombre o una mujer en el mundo que esté leyendo Rayuela, Rayuela estará.
Francisco Porrúa: Eso es lo que quisiera haber dicho
Jean Andreu: Sí, para mí Rayuela tiene todavía toda su vigencia. Voy a ir más lejos. Para mí cuando se publicó Rayuela en el sesenta y tres era un libro profético, me explico, para las nuevas generaciones. En Rayuela se plantean posturas, problemas, vivencias, no se proponen soluciones.
Francisco Porrúa: No hay solución.
Jean Andreu: Incluso no se sabe cómo termina.
Francisco Porrúa: La solución es que no hay solución.
Jean Andreu: Exacto. Imagínense ustedes que esta actitud pongamos moral de Cortázar que dice: “La vida es así, no hay solución” (esto no quiere decir que todo sea negativo, pero no hay solución), esto lo escribe en un momento en que en el mundo reina todo tipo de utopías, es decir, en un mundo en que nos proponen el paraíso o el bienestar. Las ideologías, sea conservadora liberal, sea marxista, en el sesenta y dos nos proponen una solución, si ustedes luchan o si ustedes se defienden contra el enemigo, llegaremos a un mundo mejor, donde todo estará bien, etc. Y en este momento preciso sale un señor que se llama Cortázar que dice: “Ustedes viven mal, pero yo no tengo ninguna solución que proponer”. Es decir, que es la situación, pienso yo, que estamos viviendo hoy día, hoy día en que nadie nos propone una solución; de un lado, al oeste, es una caricatura, y al este, mejor no me meto. Es en ese sentido en que digo que Rayuela era un libro profético y hoy es un libro actual.
Nieves Vázquez: Creo que también habría que señalar el tejido poético que está en la narración. Rayuela está escrito casi como un poema que te atrapa. “¿Encontraría a la Maga...?”, ese ritmo, esa experimentación en el lenguaje, bueno, por su puesto en los temas, el tablón como metáfora del hombre suspendido en el vacío, pero en el vacío también de la experimentación formal. Yo creo que ese lenguaje te va atrapando desde el principio, que la base de Rayuela está en la poesía, además de en la narración por supuesto.
Francisco Porrúa: Sí, sí.
Nieves Vázquez: Y además creo que, bueno, supongo que Aurora Bernárdez esto lo sabe, se nota en la escritura de Rayuela un estado como de iluminación, de estar atrapado por una necesidad de escribir que se manifiesta sobre todo a través del impulso poético.
Mario Muchnik: Sí, o como dicen por la televisión, efectivamente.
Francisco Porrúa: Lo que decís me recuerda que Julio provocó muchos malos entendidos, mejor dicho, no entendió el que no quiso, cuando él habla de juego, continuamente. Y en una entrevista que le hicieron a Julio y a Saúl, Julio replica a propósito del juego: “El juego para mí es una cosa muy seria”. No se trata de un entretenimiento de billar, es algo fundamental, el juego es de algún modo la manera de presentarnos en el mundo, un modo de vivir, y yendo más allá o no yendo más allá, hay que recordar que el juego, entendido seriamente, como decía Julio, es un juego que llega al lenguaje, y el lenguaje también es un juego, y en Rayuela, que el libro es un juego, y las situaciones son un juego, por la contingencia de las situaciones, pero ese juego es a vida o muerte, no es un juego para ganar un poco de dinero, es un juego en el cual te precipitás a la nada o te quedás en una superficie completamente falsa, este juego es realmente un juego de destino. Y lo literario nace también en Rayuela de ese mismo juego, es en este sentido un magistral juego del lenguaje en el cual Julio hace con el lector lo que quiere, muestra lo que él quiere mostrar aunque el lector se resista. Eso es curioso, sí.
Mario Muchnik: Así es.
Nieves Vázquez: Y si el hombre suspendido en el tablón, esa situación un poco absurda, surrealista, es un metáfora de lo que somos, me decía Julio Silva, y él lo puede decir si quiere ahora, que para él Rayuela significa sobre todo el kibbutz del deseo, pero del deseo real, es decir, que para él – y yo creo que es verdad- Rayuela significaba un impacto porque también la búsqueda amorosa está representada de una manera completamente impactante para los lectores de esa época. Hasta tal punto que él pensaba que quizá en la portada hubiera sido muy significativo poner un lecho como símbolo, igual que el tablón, de esa búsqueda donde el amor juega un papel fundamental.
De "Volver a Cortázar". Libro que recoge las actas del Congreso "20 años sin Julio Cortázar", celebrado en la Universidad de Cádiz en marzo del año 2004. Coordinado por Nieves Vázquez y editado por el Servicio de Publicaciones de la Diputación de Cádiz. Cádiz, 2007.
Señales
"... este libro (que se llama De este lado) es el polo contrario -necesariamente contrario- de Presencia. Por varias razones: el contenido, alejado de todo preciosismo y de toda "música" exterior; el verso, blanco y enteramente libre; la intención, orientada exclusivamente hacia la raíz de lo poético."
"... día a día toma incremento en mi interior un segundo individuo, peligrosamente inclinado al escepticismo, a la angustia -que es lo contrario del escepticismo, lo cual no deja de ser gracioso- y al abandono de toda tentativa."
"Día a día comprendo que no se debe supervalorar la cultura... ¿no piensan ustedes que, en cierta medida, hemos llegado a creer con Mallarmé que todo termina en un libro? Cuando, en realidad, yo preferiría insinuar que es allí donde todo empieza..."
"Cada día me convenzo más de que la vigilia y el sueño son momentos de una realidad que se nos escapa íntegramente y de la cual sólo advertimos (o creamos) fragmentos aislados. Nunca amé demasiado el racionalismo frío y absoluto; ahora lo detesto profundamente. Creo que en la intuición, en los valores emotivos, en la poesía de todo acto intensamente vivido, se esconden las fuentes últimas de la verdad."
"... yo empiezo a ver la necesidad de un análisis esencial de conceptos tales como cultura, hombre, democracia, valores, teología, progreso."
Cartas. 1940.
De Rayuela a Marelle
Creo que Sudamericana debe indicarle a Gallimard: a) que la traducción va a plantear serios problemas; b) que el autor vive en París y estaría dispuesto a supervisar los problemas que eso plantee; c) que el autor cree que, a fin de que no pasen dos o tres años, convendría que el libro fuese traducido por dos personas, una de las cuales se haría cargo de la parte “novelesca”, y otra de la “morelliana” y textos conexos.
Carta a Francisco Porrúa, 5 de enero de 1964
A Graciela de Sola. París, 7 de enero de 1964
Querida amiga:
Me excuso por mi demora en contestarle, y le envío estas líneas con algunos puntos de vista que no son precisamente respuestas a sus preguntas, pero que quizá le ayudarán en su propósito.
La búsqueda de “lo otro”. Sí, es el tema central y la razón de ser de Rayuela. Todo el libro gira en torno a ese sentimiento de falta, de ausencia, y aunque el protagonista está lejos de llegar a la meta que vagamente entrevé, su “epopeya cósmica”, como muy acertadamente la define usted, no es más que esa especie de búsqueda de un Graal en el que ya no hay la sangre de un dios, sino quizá el dios mismo; pero ese dios sería el hombre, aquí abajo, el hombre libre de todo lo que lo condiciona y lo deforma, empezando por los dioses mismos.
Crítica a la cultura occidental. Bueno, yo no la critico en bloque, no la rechazo ingenuamente como, digamos, Rousseau rechazaba la civilización por creer que el “buen salvaje” era lo más perfecto. Lo que denuncio en nuestra cultura es la monstruosa hipertrofia de algunas posibilidades humanas (la razón, por ejemplo) en desmedro de otras, menos definibles por estar situadas precisamente al margen de la órbita racional. Pero no me crea un enemigo de la razón, porque sería pueril. Lo que me inquieta es comprobar cotidianamente los efectos de ese desequilibrio resultante de un “humanismo” de raíz griega, que en definitiva pone el acento en el sapiens más que en el homo. Usted tiene razón: mis ataques son hiperintelectuales, lo que resultaría contradictorio. Pero, como sucede muchas veces, no tiene toda la razón. No la tiene, porque yo creo que el ataque a fondo a estos moldes de vida viciados y falsos en que nos movemos, no se hace en Rayuela con armas intelectuales. Uso estas últimas en las discusiones, en el aparato teórico por así decirlo; pero lo que le da a Rayuela, creo, su eficacia última, el impacto a veces terrible que ha tenido en muchos lectores, es otra cosa: es lo de abajo, los episodios irracionales, los asomos a dimensiones donde la inteligencia es como un nadador sin agua. Pero esto ya no lo puedo explicar; usted sabrá si lo ha sentido como lo sentí yo al escribirlo. La verdad es que sin esas subyacencias, que son para mí lo único que cuenta de verdad en el libro, yo habría escrito otra novela “inteligente” sin más. Y vaya si las hay…
De acuerdo con lo que me dice –y me corrige– acerca del surrealismo. Quizá me expresé mal la otra vez, pero también creo con usted que el surrealismo no es un “programa” (mal que le pese a Breton y a su capilla, convertidos en una escuelita de provincia), y que la culminación de ese camino debería ser (y a veces ya lo es) la superconciencia. Lo que más me fastidia de los productos del surrealismo, es que son “literatura” o “pintura” o “cine”, y no porque usen esos medios como vehículo de acción espiritual y concreta –pues eso estaría muy bien– sino porque acaban por ingresar en el arte o las letras profesionales. Hay muy pocos Artaud y demasiados Dalí. La verdad es que en nuestros días, lo mejor del surrealismo suele estar hecho por gentes que no sospechan para nada que son surrealistas. En mi familia hay uno o dos así.
Gracias por escribirme, y por sentir tan desde adentro esa brújula diferente que unos cuantos quisiéramos atarle al cuello a la Historia.
Su amigo,
Julio Cortázar
Me excuso por mi demora en contestarle, y le envío estas líneas con algunos puntos de vista que no son precisamente respuestas a sus preguntas, pero que quizá le ayudarán en su propósito.
La búsqueda de “lo otro”. Sí, es el tema central y la razón de ser de Rayuela. Todo el libro gira en torno a ese sentimiento de falta, de ausencia, y aunque el protagonista está lejos de llegar a la meta que vagamente entrevé, su “epopeya cósmica”, como muy acertadamente la define usted, no es más que esa especie de búsqueda de un Graal en el que ya no hay la sangre de un dios, sino quizá el dios mismo; pero ese dios sería el hombre, aquí abajo, el hombre libre de todo lo que lo condiciona y lo deforma, empezando por los dioses mismos.
Crítica a la cultura occidental. Bueno, yo no la critico en bloque, no la rechazo ingenuamente como, digamos, Rousseau rechazaba la civilización por creer que el “buen salvaje” era lo más perfecto. Lo que denuncio en nuestra cultura es la monstruosa hipertrofia de algunas posibilidades humanas (la razón, por ejemplo) en desmedro de otras, menos definibles por estar situadas precisamente al margen de la órbita racional. Pero no me crea un enemigo de la razón, porque sería pueril. Lo que me inquieta es comprobar cotidianamente los efectos de ese desequilibrio resultante de un “humanismo” de raíz griega, que en definitiva pone el acento en el sapiens más que en el homo. Usted tiene razón: mis ataques son hiperintelectuales, lo que resultaría contradictorio. Pero, como sucede muchas veces, no tiene toda la razón. No la tiene, porque yo creo que el ataque a fondo a estos moldes de vida viciados y falsos en que nos movemos, no se hace en Rayuela con armas intelectuales. Uso estas últimas en las discusiones, en el aparato teórico por así decirlo; pero lo que le da a Rayuela, creo, su eficacia última, el impacto a veces terrible que ha tenido en muchos lectores, es otra cosa: es lo de abajo, los episodios irracionales, los asomos a dimensiones donde la inteligencia es como un nadador sin agua. Pero esto ya no lo puedo explicar; usted sabrá si lo ha sentido como lo sentí yo al escribirlo. La verdad es que sin esas subyacencias, que son para mí lo único que cuenta de verdad en el libro, yo habría escrito otra novela “inteligente” sin más. Y vaya si las hay…
De acuerdo con lo que me dice –y me corrige– acerca del surrealismo. Quizá me expresé mal la otra vez, pero también creo con usted que el surrealismo no es un “programa” (mal que le pese a Breton y a su capilla, convertidos en una escuelita de provincia), y que la culminación de ese camino debería ser (y a veces ya lo es) la superconciencia. Lo que más me fastidia de los productos del surrealismo, es que son “literatura” o “pintura” o “cine”, y no porque usen esos medios como vehículo de acción espiritual y concreta –pues eso estaría muy bien– sino porque acaban por ingresar en el arte o las letras profesionales. Hay muy pocos Artaud y demasiados Dalí. La verdad es que en nuestros días, lo mejor del surrealismo suele estar hecho por gentes que no sospechan para nada que son surrealistas. En mi familia hay uno o dos así.
Gracias por escribirme, y por sentir tan desde adentro esa brújula diferente que unos cuantos quisiéramos atarle al cuello a la Historia.
Su amigo,
Julio Cortázar
El fondo de un hombre es el uso que haga de su libertad
Usted cree que yo puedo quizá llegar a ser un novelista. Me falta, como me dice, “un peu de souffle pour aller jusqu’au bout”. Pero aquí, Jean, intervienen otras razones, y éstas estrictamente intelectuales y estéticas. La verdad, la triste o hermosa verdad, es que cada vez me gustan menos las novelas, el arte novelesco tal como se lo practica en estos tiempos. Lo que estoy escribiendo ahora será (si lo termino alguna vez) algo así como una antinovela, la tentativa de romper los moldes en que se petrifica ese género. Yo creo que la novela “psicológica” ha llegado a su término, y que si hemos de seguir escribiendo cosas que valgan la pena, hay que arrancar en otra dirección. El surrealismo marcó en su momento algunos caminos, pero se quedó en la fase pintoresca. Es cierto que no podemos ya prescindir de la psicología, de los personajes explorados minuciosamente; pero la técnica de los Michel Butor y las Nathalie Sarraute me aburren profundamente. Se quedan en la psicología exterior, aunque crean ir muy al fondo. El fondo de un hombre es el uso que haga de su libertad. Por ahí se va a la acción y a la visión, al héroe y al místico. No quiero decir que la novela deba proponerse esta clase de personajes porque los únicos héroes y místicos interesantes son los vivientes, no los inventados por un novelista. Lo que creo es que la realidad cotidiana que creemos vivir es apenas el borde de una fabulosa realidad reconquistable, y que la novela, como la poesía, el amor y la acción, deben proponerse penetrar en esa realidad. Ahora bien, y esto es lo importante: para quebrar esa cáscara de costumbres y vida cotidiana, los instrumentos literarios usuales ya no sirven. Piense en el lenguaje que tuvo que usar un Rimbaud para abrirse paso en su aventura espiritual. Piense en ciertos versos de Les Chimères de Nerval. Piense en algunos capítulos de Ulysses. ¿Cómo escribir una novela cuando primero habría que des-escribirse, des-aprenderse, partir “à neuf”, desde cero, en una condición pre-adamita, por decirlo así? Mi problema, hoy en día, es un problema de escritura, porque las herramientas con las que he escrito mis cuentos ya no me sirven para esto que quisiera hacer antes de morirme. Y por eso –es justo que usted lo sepa desde ahora–, muchos lectores que aprecian mis cuentos habrán de llevarse una amarga desilusión si alguna vez termino y publico esto en que estoy metido. Un cuento es una estructura, pero ahora tengo que desestructurarme para ver de alcanzar, no sé cómo, otra estructura más real y verdadera; un cuento es un sistema cerrado y perfecto, la serpiente mordiéndose la cola; y yo quiero acabar con los sistemas y las relojerías para ver de bajar al laboratorio central y participar, si tengo fuerzas, en la raíz que prescinde de órdenes y sistemas. En suma, Jean, que renuncio a un mundo estético para tratar de entrar en un mundo poético. ¿Me hago ilusiones, terminaré escribiendo un libro o varios libros que serán siempre míos, es decir con mi tono, mi estilo, mis invenciones? A lo mejor sí. Pero habré jugado lealmente, y lo que salga será así porque no puedo hacer otra cosa. Si hoy siguiera escribiendo cuentos fantásticos me sentiría un perfecto estafador; modestia aparte, ya me resulta demasiado fácil, “je tiens le système”, como diría Rimbaud. Por eso “El Perseguidor” es diferente, y usted habrá pensado en él al leer estas líneas tan confusas. Ahí ya andaba yo buscando la otra puerta. Pero todo es tan oscuro, y yo soy tan poco capaz de romper con tanto hábito, tanta comodidad mental y física, tanto mate a las cuatro y cine a las nueve… Para subir a la Santa María y poner proa al misterio hay que empezar por tirar la yerba a la basura. Y con este mal anacronismo cierro este capítulo que sin embargo estoy contento de haber escrito para usted, como una confidencia y un anuncio.
A Jean Barnabé. París, 27 de junio de 1959
A Jean Barnabé. París, 27 de junio de 1959
Nota a Los Premios
Los soliloquios de Persio han perturbado a algunos amigos a quienes les gusta divertirse en línea recta. A su escándalo sólo puedo contestar que me fueron impuestos a lo largo del libro y en el orden en que aparecen, como una suerte de supervisión de lo que se iba urdiendo o desatando a bordo. Su lenguaje insinúa otra dimensión o, menos pedantescamente, apunta a otros blancos. Jugando al sapo ocurre que después de cuatro tejos perfectamente embocados, mandamos el quinto a la azotea; no es una razón para… Ahí está: no es una razón. Y precisamente por eso el quinto tejo corona quizá el juego en algún marcador invisible, y Persio puede farfullar aquellos versos que presumo anónimos y españoles: “Nadie con el tejo dio / Y yo con el tejo di.”
Por último, sospecho que este libro desconcertará a aquellos que apoyan a sus escritores preferidos, entendiendo por apoyo el deseo y casi la orden de que sigan por el mismo camino y no salgan con un domingo siete. El primer desconcertado he sido yo, porque empecé a escribir partiendo de la actitud central que me ha dictado otras cosas muy diferentes; después, para mi maravilla y gran diversión, la novela se cortó sola y tuve que seguirla, primer lector de episodios que jamás había pensado que ocurrirían a bordo de un barco de la Magenta Star.
Por último, sospecho que este libro desconcertará a aquellos que apoyan a sus escritores preferidos, entendiendo por apoyo el deseo y casi la orden de que sigan por el mismo camino y no salgan con un domingo siete. El primer desconcertado he sido yo, porque empecé a escribir partiendo de la actitud central que me ha dictado otras cosas muy diferentes; después, para mi maravilla y gran diversión, la novela se cortó sola y tuve que seguirla, primer lector de episodios que jamás había pensado que ocurrirían a bordo de un barco de la Magenta Star.
Los Premios. Editorial Sudamericana. Buenos Aires, 1960
Nuevos Aires
“Para Julio Cortázar, que abrió un boquete respiratorio en la literatura, tan anciana la pobre.”
Dedicatoria manuscrita de Juan Carlos Onetti en su libro 'Dejemos hablar al viento', en la Biblioteca Cortázar de la Fundación Juan March.
Dedicatoria manuscrita de Juan Carlos Onetti en su libro 'Dejemos hablar al viento', en la Biblioteca Cortázar de la Fundación Juan March.
Un resumen de deseos, esperanzas, y fracasos
17 de diciembre de 1958: Terminé una larga novela que se llama Los premios y que espero leerán ustedes un día. Quiero escribir otra, más ambiciosa, que será, me temo, bastante ilegible; quiero decir que no será lo que suele entenderse por novela, sino una especie de resumen de muchos deseos, de muchas nociones, de muchas esperanzas y también, por qué no, de muchos fracasos. Pero todavía no veo con suficiente precisión el punto de ataque, el momento de arranque; siempre es lo más difícil, por lo menos para mí.
30 de mayo de 1960: Escribo mucho, pero revuelto. No sé lo que va a salir de una larga aventura a la que creo aludí en alguna otra carta. No es una novela, pero sí un relato muy largo que en definitiva terminará siendo la crónica de una locura. Lo he empezado por varias partes a la vez, y soy a la vez lector y autor de lo que va saliendo. Quiero decir que como a veces escribo episodios que vagamente corresponderán al final (cuando todo esto esté terminado, unas mil páginas más o menos), lo que escribo después y que corresponde al principio o al medio, modifican lo ya escrito, y entonces tengo que volver a escribir el final (o al revés, porque el final también altera el principio). La cosa es terriblemente complicada, porque me ocurre escribir dos veces un mismo episodio, en un caso con ciertos personajes, y en otro con personajes diferentes, o los mismos pero cambiados por circunstancias correspondientes a un tercer episodio. Pienso dejar los dos relatos de esos episodios, porque cada vez me convenzo más de que nada ocurre de una cierta manera, sino que cada cosa es a la vez muchísimas cosas. Esto, que cualquier buen novelista sabe, ha sido en general enfocado como lo hizo Wilkie Collins en The Moonstone, es decir, un mismo episodio “visto” por varios testigos, que lo van contando cada uno a su manera. Pero yo creo ir un poco más lejos, porque no cambio de testigo, sino que le hago repetir el episodio… y sale distinto. ¿No le ocurre a usted, al contar algo a un amigo, darse cuenta en el momento que las cosas eran diferentes de lo que creía? A mitad del relato, un golpe de timón desvía el barco. Lo justo, en ese caso, es presentar las dos versiones. Pero como el lector se aburriría si tuviera que leer dos veces seguidas un mismo relato, en el que los cambios serían siempre pocos con relación al total, he fabricado una serie de procedimientos más o menos astutos, que sería un poco largo contarle ahora. Baste decirle que el libro ocurre mitad en B.A. y mitad en París (creo tener ya bastante perspectiva de ambas como para hacerlo), pero que con frecuencia los episodios se cumplen en un “no man’s land” que la sensibilidad del lector deberá situar, si puede. En realidad me propongo empezar por el final, y mandar al lector a que busque en diferentes partes del libro, como en la guía del teléfono, mediante un sistema de remisiones que será la tortura del pobre imprentero… si semejante libro encuentra editor, cosa que dudo.
19 de agosto de 1960: Un día le pediré que lea lo que estoy haciendo ahora, y que es imposible de explicar por carta, aparte de que yo mismo no lo entiendo. Ignoro cómo y cuándo lo terminaré; hay cerca de cuatrocientas páginas, que abarcan pedazos del fin, del principio, y del medio del libro, pero que quizás desaparezcan frente a la presión de otras cuatrocientas o seiscientas que tendré que escribir entre este año y el que viene. El resultado será una especie de almanaque, no encuentro mejor palabra (a menos que “baúl de turco”…). Una narración hecha desde múltiples ángulos, con un lenguaje a veces tan brutal que a mí mismo me rechaza la relectura y dudo de que me atreva a mostrarlo a alguien, y otras veces tan puro, tan poco literario… Qué se yo lo que va a salir.
22 de mayo de 1961: Entretanto aproveché Viena [mayo de 1961] para terminar la primera versión de La Rayuela, y al volver de mis vacaciones la trabajaré a fondo para que esté lista, si es posible, a fin de año. (…) son unas 700 páginas.
14 de agosto de 1961: ¿La Rayuela? Pero si estoy apenas en la casilla tres, y a cada rato tiro la piedrita afuera. No habrá libro hasta fin de año, pero entonces sí se lo mandaré y veremos. (No me la imagino a la Sudamericana publicando eso. Se van a decepcionar horriblemente, este Cortázar que-iba-tan-bien…) Terminé la obra gruesa del libro, y lo estoy poniendo en orden, es decir que lo estoy desordenando de acuerdo con unas leyes especiales cuya eficacia se verá luego, cuando tenga el coraje de releer de un tirón las 600 páginas.
27 de septiembre de 1961: Last week I finished La Rayuela (Hopscotch, you know). It is, I humbly believe, a very beautiful thing.
15 de enero de 1962: Yo terminé una larguísima novela, de la que quizá algo te hablé, y ahora me la llevo para “trabajarla” en Buenos Aires a la hora en que los demás duermen la siesta.
15 de mayo de 1962: I almost finished Rayuela, that long novel I spoke you about many times. As it is a kind of infinite book (in the sense that you could go on and on, adding new parts until you die) I think it is better to sever myself brutally from it. So I shall read it once more and shall send the blasted thing to my publisher. If you care for my feeling about the book, I shall say with my usual modesty that it will be a kind of atomic bomb in the Latin America literary scene.
19 de mayo de 1962: En los 28 días de maravilloso mar azul, rematé Rayuela.
24 de julio de 1962: … estoy “habitado” por un nuevo libro del que sólo tengo una vaga idea y que, por consiguiente, me angustia y obsesiona mucho más que si ya estuviera definido y organizado.
Julio Cortázar. Cartas 1937-1963. Edición a cargo de Aurora Bernárdez. Biblioteca Cortázar. Alfaguara. Buenos Aires, 2000.
30 de mayo de 1960: Escribo mucho, pero revuelto. No sé lo que va a salir de una larga aventura a la que creo aludí en alguna otra carta. No es una novela, pero sí un relato muy largo que en definitiva terminará siendo la crónica de una locura. Lo he empezado por varias partes a la vez, y soy a la vez lector y autor de lo que va saliendo. Quiero decir que como a veces escribo episodios que vagamente corresponderán al final (cuando todo esto esté terminado, unas mil páginas más o menos), lo que escribo después y que corresponde al principio o al medio, modifican lo ya escrito, y entonces tengo que volver a escribir el final (o al revés, porque el final también altera el principio). La cosa es terriblemente complicada, porque me ocurre escribir dos veces un mismo episodio, en un caso con ciertos personajes, y en otro con personajes diferentes, o los mismos pero cambiados por circunstancias correspondientes a un tercer episodio. Pienso dejar los dos relatos de esos episodios, porque cada vez me convenzo más de que nada ocurre de una cierta manera, sino que cada cosa es a la vez muchísimas cosas. Esto, que cualquier buen novelista sabe, ha sido en general enfocado como lo hizo Wilkie Collins en The Moonstone, es decir, un mismo episodio “visto” por varios testigos, que lo van contando cada uno a su manera. Pero yo creo ir un poco más lejos, porque no cambio de testigo, sino que le hago repetir el episodio… y sale distinto. ¿No le ocurre a usted, al contar algo a un amigo, darse cuenta en el momento que las cosas eran diferentes de lo que creía? A mitad del relato, un golpe de timón desvía el barco. Lo justo, en ese caso, es presentar las dos versiones. Pero como el lector se aburriría si tuviera que leer dos veces seguidas un mismo relato, en el que los cambios serían siempre pocos con relación al total, he fabricado una serie de procedimientos más o menos astutos, que sería un poco largo contarle ahora. Baste decirle que el libro ocurre mitad en B.A. y mitad en París (creo tener ya bastante perspectiva de ambas como para hacerlo), pero que con frecuencia los episodios se cumplen en un “no man’s land” que la sensibilidad del lector deberá situar, si puede. En realidad me propongo empezar por el final, y mandar al lector a que busque en diferentes partes del libro, como en la guía del teléfono, mediante un sistema de remisiones que será la tortura del pobre imprentero… si semejante libro encuentra editor, cosa que dudo.
19 de agosto de 1960: Un día le pediré que lea lo que estoy haciendo ahora, y que es imposible de explicar por carta, aparte de que yo mismo no lo entiendo. Ignoro cómo y cuándo lo terminaré; hay cerca de cuatrocientas páginas, que abarcan pedazos del fin, del principio, y del medio del libro, pero que quizás desaparezcan frente a la presión de otras cuatrocientas o seiscientas que tendré que escribir entre este año y el que viene. El resultado será una especie de almanaque, no encuentro mejor palabra (a menos que “baúl de turco”…). Una narración hecha desde múltiples ángulos, con un lenguaje a veces tan brutal que a mí mismo me rechaza la relectura y dudo de que me atreva a mostrarlo a alguien, y otras veces tan puro, tan poco literario… Qué se yo lo que va a salir.
22 de mayo de 1961: Entretanto aproveché Viena [mayo de 1961] para terminar la primera versión de La Rayuela, y al volver de mis vacaciones la trabajaré a fondo para que esté lista, si es posible, a fin de año. (…) son unas 700 páginas.
14 de agosto de 1961: ¿La Rayuela? Pero si estoy apenas en la casilla tres, y a cada rato tiro la piedrita afuera. No habrá libro hasta fin de año, pero entonces sí se lo mandaré y veremos. (No me la imagino a la Sudamericana publicando eso. Se van a decepcionar horriblemente, este Cortázar que-iba-tan-bien…) Terminé la obra gruesa del libro, y lo estoy poniendo en orden, es decir que lo estoy desordenando de acuerdo con unas leyes especiales cuya eficacia se verá luego, cuando tenga el coraje de releer de un tirón las 600 páginas.
27 de septiembre de 1961: Last week I finished La Rayuela (Hopscotch, you know). It is, I humbly believe, a very beautiful thing.
15 de enero de 1962: Yo terminé una larguísima novela, de la que quizá algo te hablé, y ahora me la llevo para “trabajarla” en Buenos Aires a la hora en que los demás duermen la siesta.
15 de mayo de 1962: I almost finished Rayuela, that long novel I spoke you about many times. As it is a kind of infinite book (in the sense that you could go on and on, adding new parts until you die) I think it is better to sever myself brutally from it. So I shall read it once more and shall send the blasted thing to my publisher. If you care for my feeling about the book, I shall say with my usual modesty that it will be a kind of atomic bomb in the Latin America literary scene.
19 de mayo de 1962: En los 28 días de maravilloso mar azul, rematé Rayuela.
24 de julio de 1962: … estoy “habitado” por un nuevo libro del que sólo tengo una vaga idea y que, por consiguiente, me angustia y obsesiona mucho más que si ya estuviera definido y organizado.
Julio Cortázar. Cartas 1937-1963. Edición a cargo de Aurora Bernárdez. Biblioteca Cortázar. Alfaguara. Buenos Aires, 2000.
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